lunes, 2 de febrero de 2026

Fernando no era perfecto, pero era el indicado

EL HOMBRE QUE PARÓ UNA NACIÓN… CON UN SCREWBALL Y UNA SONRISA TÍMIDA👀

¿Y si te dijera que un pitcher gordito, de 20 años, que no hablaba una palabra de inglés, paralizó a la liga más poderosa del mundo y encendió un frenesí cultural que nadie había visto antes?

Un niño de un pueblo polvoriento en México, con un lanzamiento que los manuales decían que era imposible, que cargó con las esperanzas de una comunidad entera en su espalda, y lo hizo con una humildad que conquistó a un continente.

Su nombre era Fernando Valenzuela.
Y no fue solo un pitcher. Fue un fenómeno. Fue la "Fernandomanía".

Nació en 1960 en Etchohuaquila, Sonora, un pueblo de menos de 1,000 habitantes.
El más joven de 12 hermanos. Creció lanzando piedras y soñando con jugar en la Liga Mexicana.
A los 17 años, ya era una estrella en México. Tenía un secreto: un screwball.
Un lanzamiento que gira hacia el brazo contrario del lanzador, una rareza que destruye las muñecas y que casi nadie se atreve a lanzar.
Fernando lo lanzaba sin miedo. Como si fuera natural.

Los Dodgers lo compraron en 1979. Lo enviaron a las menores. Era un proyecto curioso.
En 1980, lo llamaron en septiembre. Era un novato tímido, con una panza redonda y una mirada perdida.
Nadie esperaba nada.

La temporada 1981 comenzó con una huelga. Cuando se reanudó, el abridor de los Dodgers, Jerry Reuss, se lesionó.
El manager, Tommy Lasorda, necesitaba un abridor de emergencia para el día inaugural.
"Pon al gordito mexicano", dijo alguien.
Ese "gordito" era Fernando Valenzuela.

El 9 de abril de 1981, Fernando debutó como abridor.
Lanzó una blanqueada de 9 entradas contra los Astros. 5 hits, 5 ponches.
La gente se preguntó: ¿suerte?
En su siguiente salida, otra blanqueada. Y luego otra.
Para mayo, estaba 8-0, con 7 juegos completos y un ERA de 0.50.
La locura había comenzado.

No era solo que ganaba. Era cómo lo hacía.
En el montículo, tenía un ritual: miraba al cielo antes de cada lanzamiento, como buscando aprobación.
Su screwball era una ilusión óptica. Los bateadores zurdos, en particular, se retorcían como si les hubieran lanzado una serpiente.
Y cuando lograban un hit, Fernando se sonreía, como disculpándose.

Los estadios se llenaban donde quiera que lanzara. Comunidades latinas enteras viajaban cientos de millas para verlo.
"Fernandomanía" no era un eslogan; era una realidad sociológica.
Revistas, programas de televisión, camisetas. Él era el rostro de una nueva América latina, orgullosa y visible.
Y lo llevó con una gracia callada. Aprendía inglés con frases como "I'm fine, thank you", pero su elocuencia estaba en su brazo izquierdo.

Ese año 1981 lo tuvo todo:

Ganó el Cy Young (el primero en ganarlo como novato).

Ganó el premio al Novato del Año.

Llevó a los Dodgers a la Serie Mundial y los ayudó a ganarla.

Fue el MVP de la Serie de Campeonato.
Tenía 20 años.

Los años siguientes confirmaron que no era una moda. Era un verdadero ace.
Ganó 21 juegos en 1986, lideró la liga en ponches en 1986 y 1987.
Fue un All-Star seis veces.

Pero el screwball tenía un costo. Un lanzamiento antinatural que estresa el codo y el hombro como ningún otro.
A principios de los 90, su velocidad bajó. Los ponches disminuyeron.
Dejó a los Dodgers en 1990. Dio vueltas por la liga: Angels, Orioles, Phillies, Padres.
En cada lugar, las comunidades latinas salían a verlo, a recordar la magia.

Tuvo un último momento de gloria en 1996, de regreso con los Padres.
A los 35 años, lanzó un no-hitter contra los Cardinals. Una joya final para el viejo mago.
Cuando retiró al último bateador, miró al cielo, como siempre, y luego sonrió. La misma sonrisa tímida de 1981.

Se retiró en 1997. 173-153, 2,074 ponches, un anillo de Serie Mundial.
Pero su legado no cabe en una estadística.

Fernando Valenzuela abrió la puerta para que las ligas mayores vieran a México no solo como una fuente de talento, sino como un mercado de pasión.
Le mostró a una generación de niños latinos que se podía triunfar sin dejar de ser uno mismo.
Que se podía venir de un pueblo sin nombre y conquistar la ciudad más brillante, con un lanzamiento que los "expertos" decían que no se debía lanzar.

Porque Fernando no era el pitcher perfecto.
Era el pitcher posible.
El que demostró que la magia no siempre viene en el cuerpo atlético perfecto, a veces viene en el cuerpo de un niño con una panza redonda, un sueño enorme y un screwball que desafiaba a la física y hechizó a una nación.
El hombre que, con una mirada al cielo y un giro de muñeca, nos recordó que el béisbol, en su esencia, es un juego de sueños. Y los sueños, a veces, no tienen límites de idioma ni de fronteras.

#MLBB #baseball #beisbol #BeisbolLatino #beisbolzone

No hay comentarios:

Publicar un comentario