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lunes, 14 de septiembre de 2026

Gustavo Gil: defensor insigne de la segunda base



Alfonso Tusa

La esencia de alcanfor y naftalina se desvanece al sacar la barajita de una envoltura de papel celofán. En el reverso, la reseña empezaba: «Nació un día de banderas desplegadas en Caracas, el 19 de abril de 1939». La imagen de un camarero ejecutando el pívot (el salto para evitar el deslizamiento del corredor en segunda base y completar el dobleplay) ahora casi objeto de museo. De inmediato llegaban fragmentos del oportunismo de Gustavo Gil: dos lineazos decisivos y otras jugadas fantasmales en el cierre del noveno inning, para salvar victorias magallaneras.

Para cuando salió la barajita, ya Gil había sido campeón con el Valencia Industriales (1960-1961, 1962-1963), donde conformó una de las mejores combinaciones de dobleplays en la historia de la LVBP con el campocorto Teodoro Obregón; y luego con los Navegantes del Magallanes (1969-1970) en la LVBP, además de la Serie del Caribe de 1970 también con Navegantes.

Entre los segunda bases venezolanos de todos los tiempos hay tres peloteros que sobresalen del resto, porque combinaban muy bien su juego defensivo y ofensivo. Jesús Marcano Trillo (Manny), Gustavo Gil (Gus) y Remigio Hermoso (Ángel).

Tal vez Trillo sea el más completo de los tres, tal vez Hermoso sea el más rápido, pero el guante, la defensiva de Gustavo Gil era sobresaliente.

Es muy difícil encontrar alguien que pueda ejecutar el pívot en el dobleplay con un estilo tan magistral, en solo fracciones de segundo. Gil también cubría mucho terreno, era capaz de tomar esos roletazos que no podía alcanzar el primera base. Los tomaba justo en el límite entre el abanico y el jardín derecho corto. También corría hasta detrás de la almohadilla de segunda para capturar roletazos con el guante de revés, en la malla, y luego giraba en el aire para pintar un strike en el mascotín del primera base.

Cuando Gil estaba en el sistema de granjas de los Rojos de Cincinnati, siempre fue considerado entre los mejores camareros defensivos de la organización, por encima de tipos como Pete Rose y Tommy Helms.

Gil tuvo la oportunidad de iniciar una seguidilla de cuatro temporadas bajo la tutela del manager Dave Bristol, un gran cultor de la defensiva, el bateo y corrido, las jugadas pequeñas como el toque de pelota y el robo de base. Tal vez buena parte de esa actitud reflexiva e inteligente para afrontar el juego la adquirió Gil de esos años, cuando Bristol fue su manager.

En 1962 actuó con los Peaches de Macon, de la South Atlantic League, Clase A. Se desempeñó principalmente como tercera base. Bateó para .276 en 134 juegos.

La de 1963 resultó una de las mejores temporadas de Gil en las Ligas Menores. Regresó con los Peaches de Macon y el manager Bristol, solo que esta vez la South Atlantic League era Doble A. Macon ganó la temporada regular con marca de 81-59. En esa ocasión, Gil bateó para .277 en 134 juegos, con 122 imparables en 441 turnos al bate.

Ese año Gil empezó un proyecto en Macon con los niños del vecindario donde vivía. Cada día libre que tenía, mientras los Peaches estaban en casa, Gil se iba a un campo de juegos donde varios niños jugaban de manera informal. Poco a poco empezó a hacerles observaciones de cómo tomar la pelota, cómo lanzarla, cómo utilizar el guante, hasta que les propuso organizar un juego. Después, empezaron a llegar más niños y Gil conversó del tema con el manager Dave Bristol, quien le hizo varias observaciones a fin de que organizara torneos relámpago de un día, desde la mañana hasta la tarde. Era una actividad muy exigente. Incluía hablar con los padres que iban a buscar a sus hijos al campo de juego.

En la campaña 1963-1964, Gil participó en 51 juegos, donde consumió 179 turnos al bate y bateó para .279.

En esa temporada, Dave Bristol dirigió al Valencia y todos los días libres acompañó a Gustavo Gil en su proyecto de acondicionar un terreno baldío para celebrar juegos de beisbol con los niños que merodeaban por los alrededores, lanzándose pelotas de goma entre los arbustos o tirándole piedras a los pájaros o lagartijas. Tuvieron que fajarse como los buenos, retirando peñascos inmensos y grandes cantidades de escombros y desperdicios.


Gil tuvo que pasar por la oficina del aseo urbano para que se llevaran todo lo que había sacado del terreno. Los niños estaban muy emocionados, se atropellaban por recibir primero las lecciones de cómo atrapar y batear la pelota. Cuando Gil les dijo que ya no seguirían coordinando las clínicas, porque había terminado la temporada de la liga venezolana y tenía que regresar a Estados Unidos, los niños estuvieron muy tristes. Tuvo que prometerles que cuando regresara, a finales de septiembre, retomaría los juegos con ellos en el terreno que habían acondicionado.

Bristol fue promovido a manager de los Padres de San Diego de la Pacific Coast League, Triple A, para la temporada 1964. Gustavo Gil fue el segunda base del equipo Todos Estrellas de la liga al final de la temporada. Los Padres ganaron la División Oeste con marca de 91-67 y también le ganaron el playoff a los Travelers de Arkansas.

Gil bateó para .305 en 400 turnos al bate. Participó en 125 juegos, con 122 imparables, 26 dobles, 2 triples, 1 jonrón, 45 carreras empujadas y 57 anotadas.

Ese año jugó junto a Tommy Helms como compañero de dobleplays en la segunda almohadilla. Ambos formaron parte del equipo de estrellas de la liga.

Helms siempre le preguntaba a Gil como hacía para llegarle a todos esos batazos detrás de la almohadilla, a los que iban hacia el jardín derecho, o a los que se quedaban a un costado del montículo. Gil respondió que con mucha práctica y la experiencia que estaba acumulando en la liga invernal venezolana. Ese año Helms fue a jugar pelota en Venezuela con los Navegantes del Magallanes.

Con los Industriales del Valencia, en la temporada 1965-1966, Gil actuó en 58 juegos y bateó para .315, con 74 imparables en 235 turnos al bate. Lideró la liga con 21 dobles, empujó 22 carreras y anotó 38. Ese año el Valencia venció al Caracas en la serie semifinal y perdió ante La Guaira en la final y Gil fue elegido el mejor segunda base defensivo de la liga por los periodistas de beisbol.

Un mediodía de principios de temporada, Gil coincidió con Roberto Muñoz en el centro de Valencia. El derecho estaba apurado para llegar al estadio José Bernardo Pérez. Sentía preocupación, porque desde que había hecho la transición de catcher a pitcher todavía no lograba establecerse como un buen lanzador.

Gil le dijo que se calmara y lo invitó a comerse unas arepas de maíz pilado con queso blanco rallado. Se sorprendió por la calidad de las arepas, y también por el buen sabor del aguacate y las ruedas de tomates que les sirvieron.

A pesar de que comieron relajados, llegaron al estadio justo antes del manager Johnny Lippon. Ese día Muñoz lanzó como nunca y se apuntó su primera victoria de la temporada. Desde ese momento, cada vez que le tocaba abrir un juego, acordaba con Gil para ir a la arepera del centro de Valencia. Si perdía el juego igual regresaban al lugar, pero entonces Muñoz cambiaba el relleno de la arepa. Si la vez pasada se la había comido con queso, esta vez la pedía con carne mechada o pollo.

Debutó en la Gran Carpa en 1967, con los Indios de Cleveland. Su actuación con el madero fue muy discreta, por lo cual fue enviado al Portland, en la Pacific Coast League, Triple A.

Quizás uno de los factores que hizo sentir a Gil como en casa, al llegar al dugout de los Indios de Cleveland, fue encontrarse con su paisano Víctor Davalillo, quien era el jardinero central, y con los lanzadores Luis Tiant, Orlando Peña, George Culver y Steve Hargan. Todos habían lanzado en la liga venezolana como compañeros o rivales.


En el torneo 1967-1968, Gil bateó para .319 en 207 turnos al bate. Él recordaba mucho esa temporada, principalmente por un juego de la final todos contra todos: perdieron 3-0 ante los Leones del Caracas, por quienes lanzó Isaías Látigo Chávez, quien solo permitió un imparable en el primer inning y luego retiró en fila los siguientes 25 bateadores, marca aún vigente para juegos de postemporada en la liga venezolana.

El único imparable lo conectó Gil, que se enorgullecía por evitar el no-hitter, pero también reconociendo que ese día el Látigo estaba intraficable y que ese roletazo que pasó por entre las piernas del pitcher pudo haber sido tomado si hubiera bajado el guante fracciones de segundo antes.

El 30 de mayo de 1968 fue enviado a los Navegantes del Magallanes junto a Dámaso Blanco y Freddy Rivero, a cambio de Everest Contramaestre, Gustavo Spósito, Alonso Olivares y Roberto Romero.

Para 1968, Gil compartió la temporada entre los equipos de Portland y Seattle en la Pacific Coast League. Al campo actuó principalmente como segunda base. En total participó en 135 juegos, consumió 467 turnos al bate y conectó para .246.

Gustavo Gil se enteró de que lo habían cambiado a los Navegantes del Magallanes por una llamada que le hizo una de sus hermanas. De inmediato llamó a Dámaso Blanco y se prometieron que por lo menos el Magallanes iba a clasificar esa temporada y que la siguiente iban a ir por el campeonato. Sí, ellos podían e iban a transformar ese equipo, que no ganaba el título desde la época de Don Carlos Lavaud.

Gil y Dámaso hablaban al menos dos veces por semana de los planes que pondrían en práctica desde el primer día que llegaran al dugout del Magallanes. Era una especie de obsesión, o mejor dicho, de compromiso que habían asumido, a raíz del reto que suponía el cambio.

En su debut con los Navegantes del Magallanes, en la temporada 1968-69, Gil bateó para .288, con 68 imparables en 236 turnos al bate. Participó en los 60 juegos de su equipo. Sumó 10 dobles, 16 carreras empujadas y 37 anotadas. En la serie final bateó para .289 en 38 turnos al bate.

Gil lamentaría mucho la salida intempestiva del primera base Oswaldo Blanco del equipo. Trató de calmarlo cuando se cansó de esperar que lo pusieran a jugar, al regresar de una lesión, pero los epítetos de Blanco fuerte tan seguidos y cortantes, que el gerente general del equipo optó por cambiarlo en un trueque que ocasionó la llegada de Roberto Muñoz al Magallanes.

El pitcher derecho le preguntó a Gil donde podían ir a comerse unas arepas el día siguiente de su llegada. Gil propuso ir a la arepera El Tropezón, ubicada al frente de la entrada del estacionamiento del estadio de la UCV. Muñoz pidió una arepa combinada de queso amarillo con carne mechada.

Ese día, el manager Napoleón Reyes trajo a relevar a Muñoz y éste ganó en trabajo de tres innings. En el dugout, Muñoz le dijo a Gil: «En Valencia gané el juego completo con una arepa de un solo relleno. Y aquí gané en relevo con una combinada. ¿Qué me recomiendas que pida para el próximo juego?».

Para la temporada 1969-1970, siempre con los Navegantes del Magallanes, bateó para .248 en 57 juegos. En 233 turnos al bate descargó 58 imparables, con 14 dobles, 23 empujadas y 29 anotadas. Volvió a ser nombrado el mejor segunda base defensivo de la liga venezolana de beisbol profesional.

El 20 de noviembre de 1969, Gil empujó las dos carreras de su equipo, para que Danny Morris se apuntara una victoria 2-1 ante los Tiburones de La Guaira y Aurelio Monteagudo. En la serie semifinal bateó para .333, con 10 imparables en 30 turnos, más 3 carreras empujadas y 5 anotadas. Fue clave en las victorias de los juegos tres y cinco de esa semifinal, con un triple remolcador en el inning 14 de la carrera de la victoria (en los pies del propio pitcher Gregorio Machado, quien debió salir a lanzar el cierre de ese episodio luego de correr desde primera base hasta el plato), para ganar 4-3; y una jugada espectacular casi en el jardín derecho corto, para robarle un imparable a Charles Day en el cierre de un noveno inning donde se ganó 5-4.

Ese año ganaron el campeonato de la liga venezolana y el título de la Serie del Caribe, donde Gil remolcó la carrera de la victoria en el juego decisivo.

CAPITÁN DEL MAGALLANES

Desde la temporada 1968-69 Gil había sido designado capitán del Magallanes, y como tal acordó con Dámaso Blanco y el resto de los peloteros que luego de los juegos, ganasen o perdiesen, iban a permanecer en el dugout no solo para reflexionar sobre lo que había ocurrido en el duelo, sino que después procederían a comprar comestibles y una caja de cerveza, para armar en el clubhouse una mesa de juego para hacer higiene mental. A veces jugaban dominó, otras veces sacaban barajas.

Gil siempre era el compañero de juegos de Jesús Aristimuño, el campocorto del equipo. Eso los ayudó a compenetrarse y entenderse mucho más en sus jugadas alrededor de la segunda base. Llegó un momento cuando los dobleplays eran tan automáticos que lanzaban si ver hacia la almohadilla, aunque en ese instante no hubiera nadie en los alrededores.

Hacia finales de noviembre de 2003 tuve oportunidad de conversar con Gustavo Gil vía telefónica.

«A comienzos de febrero de 1970, mi esposa estaba por dar a luz», me dijo. «Una noche, no aguantó más los dolores y tuve que salir con ella para la clínica. Le dimos la vuelta a toda Valencia y no conseguimos un hospital o clínica donde nos atendieran. Y eso que a mí me conocía todo el mundo en Valencia. Hasta que llegamos a una clínica donde nos prometieron que nos iban a atender cuanto antes. Pasaron más de veinte minutos y me desesperé. Reclamé furioso ante la recepcionista. Mi esposa estaba muy mal. Finalmente la pasaron a sala de parto. Eran dos niños. Ante la larga espera, el primero nació muerto. El segundo vivió algunas horas y luego falleció. No encontraba cómo decírselo a mi esposa. Además, ese dolor de los daños que pudieron evitarse, duele cientos de miles de veces más».

«Debí jugar la Serie del Caribe con la imagen de mis hijos en el corazón, aunque concentrado en el juego», prosiguió. «Al terminar la serie, con el campeonato para el Magallanes me sentí contento por todo lo que habíamos logrado. Pero el dolor de la pérdida de mis hijos estaba ahí. Por eso, después que terminó el partido del campeonato, agarré mis corotos y me fui para la casa».

Empezó la temporada de 1970 con el Portland en la Pacific Coast League. Allí actuó como segunda y tercera base. En 30 juegos bateó para .290, con 27 imparables en 93 turnos al bate, 18 carreras empujadas y 11 anotadas. Eso le valió un llamado a las Ligas Mayores, con los Cerveceros de Milwaukee, donde su manager fue Dave Bristol, una vez más. En 64 juegos bateó para .185. Despachó 22 imparables en 119 turnos al bate, con 12 carreras empujadas, 12 anotadas.

El 23 de junio de 1970 conectó doble impulsor de dos carreras, como emergente en el noveno inning, para darle la victoria a los Cerveceros ante los Mellizos de Minnesota. El 5 de julio de 1970 empujó con par de globos de sacrificio las dos carreras con que los Cerveceros de Milwaukee vencieron a los Reales de Kansas City.

DAVE BRISTOL: UN MAESTRO

Quizás el manager que más observaciones válidas y explicaciones gráficas y prácticas le hizo a Gustavo Gil fue Bristol, desde sus temporadas en Ligas Menores. Por eso seguramente lo llevó con él cuando lo nombraron manager de los Cerveceros de Milwaukee.

Gil refería que en esa temporada Bristol le hizo sugerencias invalorables de trucos para tocar la pelota de sorpresa. Aprendió a dragar la pelota entre primera base y el montículo, por tanto tuvo que ajustar y mejorar su corrido desde el plato hasta primera base. Aprendió a adelantarse casi paralelo al pitcher cuando recibía la seña del manager para jugar cuadro adentro en un determinado momento del juego.

Aprendió también que para un manager los jugadores del banco pueden ser tan importantes como los regulares. A veces Bristol lo llamaba a jugar segunda en el cierre del noveno inning, ganando por una carrera.

El 27 de diciembre de 1970 ocurrió el segundo de los lineazos decisivos que mencioné al inicio, en un juego que llegó igualado 3-3 al cierre del noveno inning. Gustavo Gil remolcó la carrera de dejar en el terreno a las Águilas del Zulia, al sonar una línea candente sobre la almohadilla de tercera base que se internó en las profundidades del jardín izquierdo. John Morris en relevo de Alan Closter, se apuntó la victoria. Jerry Janeski cargó con la derrota, en relevo de Bart Johnson y Don Eddy.

El 21 de enero de 1971 en el segundo juego de la serie semifinal ante Cardenales de Lara, los Navegantes del Magallanes visitaban Barquisimeto luego de haber perdido el primero de la serie. Ante el estelar Jim Shellenback, por Magallanes subió al montículo Jorge Lauzerique, quien llegó ganando 3-1 al cierre del noveno inning.

Al mostrarse descontrolado, el manager Patato Pascual llamó a Alan Closter a relevar y éste puso el inning en dos outs. Con un hombre en base, en el plato estaba Tommie Reynolds, quien significaba la carrera del empate.

Reynolds soltó un roletazo candente que amenazaba con llegar a las profundidades del jardín central y el derecho. Entonces apareció el guante magistral de Gustavo Gil, para tomar la pelota casi en el límite del abanico con la grama de los jardines y lanzar desde el aire, para concretar el out que decretaba la victoria de su equipo.

EL EPÍLOGO DE UN GRANDE

Su temporada final con los Navegantes del Magallanes fue en la 1976-1977. Actuó como primera base. Participó en 41 juegos, en los que bateó para .265. Conectó 36 imparables en 136 veces al bate, con 14 carreras empujadas y 16 anotadas. Esa temporada se tituló campeón con los turcos.

Para la temporada 1978-79, Gil fue contratado como comentarista radiofónico de los juegos de Cardenales de Lara. Estuvo entre los candidatos a dirigir a los Navegantes del Magallanes cuando Octavio Cookie Rojas renunció como manager en medio de una seguidilla de reveses que sumió al equipo en los lugares sotaneros de la clasificación. Los Navegantes terminarían contratando a Willie Horton como piloto.

Gil se hizo cargo de los Navegantes del Magallanes cuando en la temporada 1981-1982 el destino del equipo parecía sentenciado, para sustituir a Patato Pascual, quien había sucedido a Jim Williams. Se habían perdido demasiados juegos. Solo el gran apego de Gil por el club le hizo aceptar esa oferta. Aunque hubo algunas muestras de reacción, ese Magallanes quedó fuera de clasificación.

Gustavo Gil fue exaltado al Salón de la Fama del Beisbol venezolano en la clase de 2008, junto a Luis Peñalver y Luis Leal. Falleció el 8 de diciembre de 2015 en Phoenix, Arizona.

Alfonso Tusa es investigador y escritor. Autor de artículos, libros y relatos de beisbol. Ha colaborado en portales como Prodavinci. Sus libros pueden adquirirse en Amazon.com.

lunes, 17 de agosto de 2026

Tommy John / BIO



Este artículo fue escrito por Michael Fallon.  /  La notable longevidad de la carrera de Thomas Edward John resulta sorprendente considerando su desempeño como lanzador zurdo. Si bien Tommy John era un lanzador sólido con una buena curva y una recta descendente, no poseía la potencia arrolladora de contemporáneos como Tom Seaver, Nolan Ryan o Steve Carlton, ni la astucia de Gaylord Perry, Don Sutton o Phil Niekro. 


John nunca infundió temor en los equipos rivales, pero de alguna manera lanzó y ganó partidos (casi 300, de hecho) hasta bien entrados los cuarenta. De hecho, la carrera de John, de 26 años, solo es superada en duración por los 27 años de Nolan Ryan y Cap Anson. 

A pesar de los altibajos en su carrera, y aunque rara vez contó con la plena confianza de los directivos y dueños de su equipo, Tommy John poseía algo crucial para mantenerla a flote. Llámese corazón, coraje, perseverancia o simplemente agallas: sea como sea, John tenía de sobra para superar dolores en el brazo y lesiones, contratos desfavorables y relaciones conflictivas con la directiva, y dos momentos decisivos que habrían hundido a casi cualquier otro jugador, por muy valiente que fuera. De hecho, la forma en que Tommy John respondió a los inevitables giros y vueltas de una carrera en las Grandes Ligas revela a un hombre que merece ser considerado para el Salón de la Fama.

La segunda de las grandes crisis de John ocurrió el 13 de agosto de 1981. Ese día, su tercer hijo, Travis, que entonces tenía solo dos años, cayó desde una ventana de un tercer piso y se golpeó la cabeza contra el guardabarros de un coche aparcado. Tommy estaba en Detroit con su equipo, los Yankees de Nueva York, cuando recibió una llamada desesperada de su esposa, Sally. John voló inmediatamente a Nueva Jersey para estar con la familia y, durante 19 días, mientras Travis permanecía en coma, se quedó al lado de su hijo, lanzando en los partidos en casa cuando le tocaba, pero quedándose en casa cuando el equipo viajaba para los partidos fuera de casa. «En lo que a mí respecta», dijo John más tarde, «nunca hubo elección. ¿Cómo puedes elegir el béisbol —o cualquier trabajo, o cualquier profesión— por encima de tu pequeño?… ¿Podría alguna vez dormir tranquilo pensando que había eludido la responsabilidad de devolverle la salud y la fuerza a mi hijo?». ¹ Nadie en el mundo del béisbol cuestionó abiertamente la decisión de John. Aun así, fue un acto relativamente sin precedentes por parte de alguien a quien se le pagaban cientos de miles de dólares por lanzar una pelota de béisbol, especialmente para un equipo clasificado para los playoffs, propiedad del a veces despiadado George Steinbrenner.

La decisión de Tommy John fue la correcta. Travis finalmente se recuperó de sus lesiones y retomó una vida normal, incluso lanzando la primera bola en un juego de playoffs de los Yankees contra los Cerveceros de Milwaukee. Pero John había demostrado durante mucho tiempo, a lo largo de su dilatada carrera, una habilidad para intuir exactamente qué hacer para superar grandes obstáculos. Como jugador en ascenso, John había demostrado su valía una y otra vez contra la sabiduría convencional y los juicios erróneos predominantes. Cuando fue fichado por los Indios de Cleveland procedente de la escuela secundaria Gerstmeyer en Terre Haute, Indiana, en 1961, era un chico alto y ágil ya etiquetado como un "lanzador de precisión", además de una estrella del baloncesto en la escuela secundaria que estaba siendo fuertemente reclutado para jugar en varias universidades importantes, incluido el legendario equipo de la Universidad de Kentucky de Adolph Rupp. El informe inicial de los cazatalentos de béisbol sobre John sugería que su curva era, incluso a los 18 años, un lanzamiento de Grandes Ligas, pero que tendría que desarrollar una bola rápida.

John había aprendido a lanzar la curva gracias a un amigo de su padre en Terre Haute, Arley Andrews, quien había sido lanzador de ligas menores en el sistema de los Philadelphia Phillies. Tommy dependía tanto de ese lanzamiento que una vez tuvo que desobedecer la orden expresa de su entrenador de la escuela secundaria de no lanzar esa curva durante un partido contra el principal rival de su escuela, Danville High. "Esos cazatalentos no vienen aquí para verte lanzar curvas", le dijo el entrenador al joven lanzador. "Quieren jugadores que lancen fuerte". A lo que John respondió, con toda la arrogancia de una estrella de la escuela secundaria que solo había perdido un partido hasta ese momento en su carrera escolar (al graduarse tenía un récord de 28-2): "¡Al diablo con eso! Voy a seguir lanzando esa curva como me enseñó Arley" .

John perdió el partido, pero se sintió satisfecho de haber jugado como quería. Aun así, el informe de exploración que escribió ese día el cazatalentos de los Indians, John Schulte, y la etiqueta resultante que lo describía como un lanzador con una velocidad poco impresionante, lo persiguió durante años. Y aunque John ponchó a muchos bateadores a lo largo de su carrera —estuvo justo en el promedio de la liga o ligeramente por encima de él en ponches por cada nueve entradas durante la mayor parte de su trayectoria—, él mismo admitió más tarde que llegó a creerse esa etiqueta. La verdad era que la recta de John no era particularmente rápida. Generalmente se registraba —con los radares que se empezaron a usar cuando John tenía treinta y tantos años— a unas 85-87 mph. Pero eso no significaba que John tuviera una mala recta; después de todo, la velocidad es solo uno de los factores que hacen que una recta sea buena. Desde el principio, Tommy John aprendió que si quería mantenerse en las Grandes Ligas durante mucho tiempo, tendría que hacer algo para obtener ventaja sobre los bateadores.

En 1961, el año en que John firmó con los Cleveland Indians, el joven de 18 años fue enviado al equipo filial en Dubuque, Iowa, de la Liga del Medio Oeste de Clase D. Allí, en una liga compuesta principalmente por novatos, John lanzó bien, ganando diez partidos y perdiendo solo cuatro, y se ganó un ascenso para la siguiente temporada a Charleston, de la Liga del Este de Clase A, donde el nivel de competencia subió un escalón. John ahora se enfrentaba a bateadores mucho más hábiles, y en este ambiente competitivo, de repente descubrió algo sobre sí mismo: simplemente no sabía cómo lanzar. "Me echaba hacia atrás en cada lanzamiento y lanzaba con toda mi fuerza a la zona de strike", dijo más tarde sobre ese año. "Como resultado, me quedaba atrás en el conteo de bolas y strikes, a menudo con tres bolas y ningún strike, así que solo tenía que poner mi recta justo sobre el plato y conseguir que la batearan con fuerza". 3 John no solo fue castigado en numerosas ocasiones, sino que bajo la presión de los constantes malos conteos de bolas y strikes comenzó a dar muchísimas bases por bolas a los bateadores. 


Según John, el hombre que acudió en su ayuda en 1962 fue Steve Jankowski, jugador-entrenador del sistema de los Indians. «Simplemente me recordó que no era el único hombre del equipo, que había otros ocho en el campo para ayudarme a sacar a los bateadores», dijo Tommy. Jankowski le dijo a John que, como podía confiar en que su defensa haría las jugadas, no tenía que lanzar con toda su fuerza en cada lanzamiento. «Usa alrededor del ochenta por ciento de tu potencia y guarda algo para las últimas entradas».⁴ La fórmula funcionó para John: recuperó el control y sacó a más bateadores; estaba aprendiendo rápidamente a lanzar.

En julio de 1962, los Indians ascendieron repentinamente a Tommy John a su equipo de Triple-A en Jacksonville. John, quien con tan solo 19 años tenía un mediocre récord de 6-8 en Clase A, se sentía bastante fuera de lugar. Muchos de los jugadores con los que jugaba y contra los que se enfrentaba eran veteranos, cinco, seis e incluso diez años mayores que él. Afortunadamente para él, un entrenador del equipo, Al Jones, lo tomó bajo su protección. Entre otras cosas, Jones le indicó que lanzara lo que su receptor le dijera. Como resultado, John lanzó bastante bien, registrando dos victorias y dos derrotas en la última parte de la temporada y dos victorias en los playoffs de la Liga Internacional. 

John no lo tuvo tan fácil en 1963, al menos no al principio. Jones había dejado el equipo, y Tommy tuvo problemas en Jacksonville hasta que lo enviaron de vuelta a Charleston para que adquiriera más experiencia. Allí tuvo un desempeño tan bueno —con un récord de 9-2 y una efectividad de 1.61— que se ganó un llamado a las Grandes Ligas a finales de temporada. Con el equipo de las Grandes Ligas, John participó en seis juegos y se ganó la admiración del mánager de los Indians, Birdie Tebbetts, al permitir solo cinco carreras limpias en 20 entradas. Tebbetts describió la recta de John como "engañosa", lo que podría haber sido una forma de decir que no tenía la velocidad que esperaba, o tal vez una muestra de admiración por su movimiento descendente, agudo y natural.

Antes del inicio de 1964, las expectativas eran altas para John, de 21 años, y para los Indians, que habían terminado en la mitad de la tabla de la Liga Americana en las cuatro temporadas anteriores. Con un grupo de jóvenes y prometedores lanzadores —entre ellos Luis Tiant (23), Jack Kralick (29), Sonny Siebert (27), Sam McDowell (21) y ahora Tommy John—, sumados a un cuerpo de lanzadores que en 1963 había batido el récord de ponches de la Liga Americana (con 1018), la directiva del equipo esperaba estar construyendo una plantilla capaz de convertirse en un equipo ganador habitual. «Creo», escribió Birdie Tebbetts en una columna deportiva incluso antes de que comenzaran los entrenamientos de primavera, «que los Cleveland Indians han dado un giro en su búsqueda de una posición de contendiente en la lucha por el banderín de la Liga Americana». 5 Pero ni John ni los Indians cumplieron su promesa en 1964. Con Tebbetts comenzando la temporada enfermo en cama, los entrenadores de Cleveland no pudieron resistir la tentación de modificar la técnica de John. El entrenador de lanzadores del equipo, el futuro miembro del Salón de la Fama Early Wynn, le dijo a John que debía aprender a lanzar un slider. Al principio, el joven zurdo accedió, pero los cambios que John hizo en su mecánica para adaptarse al nuevo lanzamiento afectaron su control. Los Indians terminaron sextos, y John, quien tuvo un récord de 2-9, fue enviado a Triple-A Portland (Pacific Coast League).

John retomó su rutina habitual de dos lanzamientos en Portland, recuperando poco a poco su efectividad, pero durante la temporada baja los Indians decidieron dar por perdida la inversión en el joven lanzador. El 20 de enero de 1965, John fue parte de un intercambio entre tres equipos que llevó a Rocky Colavito y Cam Carreon a los Indians y envió a John, al jardinero Tommy Agee y al receptor John Romano a Chicago.

Tommy John (Base de datos de cromos coleccionables)Con los White Sox, John se convirtió en un lanzador titular habitual de un equipo sólido que terminó segundo en la Liga Americana por tercer año consecutivo, y mostró mejoría en cada una de sus siguientes cuatro temporadas. En 1968 lanzó lo suficientemente bien como para ser elegido para el equipo All-Star de la Liga Americana, pero en agosto de ese año se lesionó el hombro en una pelea (Dick McAuliffe de Detroit se abalanzó sobre el montículo porque creía que John le había lanzado a la cabeza) y se perdió el resto del año.

Aunque John pudo regresar en 1969, parecía menos efectivo, y durante las siguientes tres temporadas la directiva de los White Sox perdió la confianza en su pitcheo, incluso cuando el equipo descendía en la clasificación. John tuvo problemas particulares con Johnny Sain, el entrenador de pitcheo de Chicago hacia el final de su etapa con los White Sox, quien nuevamente parecía empeñado en experimentar con la selección de lanzamientos y la mecánica de John. Después de que los White Sox establecieran un récord de la franquicia al perder 106 juegos en 1970, John tuvo su peor temporada completa en 1971. Terminó con un récord de 13-16 y una efectividad de 3.61, y el equipo lo traspasó a los Dodgers de Los Ángeles a cambio del bateador Dick Allen en la siguiente temporada baja.

Con los Dodgers, la suerte de Tommy John cambió. Hasta ese momento de su carrera, su récord de victorias y derrotas era de solo 84-91, y se le consideraba, en el mejor de los casos, un abridor de mitad de rotación. Pero en los Dodgers esto cambiaría. Parte de la mejora consistió en finalmente ser aceptado como el lanzador que era, en lugar del que un entrenador o mánager creía que podía ser. John le dio todo el crédito al entrenador de lanzadores de los Dodgers, Red Adams, por esto. "Cuando me uní al club", escribió, "todavía estaba convencido de que solo tenía una recta mediocre y que tendría que depender principalmente de mis lanzamientos rompientes para ganar partidos. Pero Red no estuvo de acuerdo conmigo, enfáticamente". Adams le dijo a John que tenía una buena recta, que si bien no iba a establecer ningún récord de velocidad, tenía mucho movimiento. "Con eso conseguirás muchos outs". 6

En 1972, John ganó 11 partidos (y perdió 5), siendo el único contratiempo un encuentro contra los Gigantes de San Francisco el 23 de septiembre. Al intentar anotar desde segunda base tras un sencillo al jardín derecho, se deslizó bruscamente y se golpeó el codo de lanzar contra el suelo. El impacto le desprendió fragmentos de hueso del codo, lo que le provocó una inflamación suficiente como para tener que abandonar la temporada. (Durante la pretemporada, el cirujano del equipo, el Dr. Frank Jobe , le limpió el codo; esta figura se convertiría en una pieza clave para John y, de hecho, para todo el béisbol tan solo dos temporadas después).

En 1973, John regresó más fuerte que nunca y ganó 16 partidos. En 1974, iba camino de tener su mejor temporada. Pero fue entonces cuando se topó con el primero de sus mayores obstáculos en la vida, uno tan grande que nadie esperaba que lo superara. Ningún lanzador había enfrentado jamás lo que John ahora enfrentaba y había logrado mantener viva su carrera. El propio John lo comparó con una condena sin salida. Sin embargo, una vez más, a pesar de la desesperanza, simplemente no estaba en la naturaleza de John rendirse. 

La crisis se produjo el 17 de julio de 1974, durante un partido nocturno en casa contra los Expos de Montreal. John, un veterano de 31 años, era posiblemente el mejor lanzador de un buen equipo de los Dodgers, que luchaba por llegar a la postemporada por primera vez desde 1966, el último año del legendario Sandy Koufax con el equipo. Justo antes del receso del Juego de Estrellas, John lideraba la liga en victorias, con 13, y tenía una efectividad de solo 2.59. Pero ese día, John estaba, como informaron ampliamente los medios en ese momento, y como admitió más tarde, molesto. Esto se debía a que no había sido elegido por el mánager del Juego de Estrellas, Yogi Berra, para el cuerpo de lanzadores de la Liga Nacional. Esta omisión, que Berra siempre afirmó que no fue culpa suya —supuestamente el puesto de John fue ocupado por Steve Rogers de los Montreal Expos debido a una regla que exige que cada equipo tenga al menos un representante—, se convirtió más tarde en la fuente de un desagradable rumor que siguió rondando a John, a pesar de sus negaciones. 


En la tercera entrada, con una ventaja de 4-0 sobre los Expos, John le lanzaba a Hal Breeden sin outs y con corredores en primera y segunda base. John no estaba preocupado. Breeden era un bateador que solía conectar el gancho, y John sabía que si lograba incitarlo a batear una sinker potente en la esquina exterior, probablemente conectaría un doble play que destrozaría la entrada. Con una bola y un strike en el marcador, John lanzó lo que esperaba que fuera un lanzamiento decisivo. Fue entonces cuando todo salió mal. 

Más tarde, John dijo que no notó nada inusual en su preparación ni en su lanzamiento, aunque admitió, como escribió posteriormente un cronista deportivo, que su cuerpo pudo haber estado "demasiado adelantado con respecto a su brazo en el momento crítico en que se suelta la pelota". 7 Cualquiera que fuera la razón, después del lanzamiento John sintió lo que describió como "la sensación más extraña que jamás había experimentado". 8 El brazo de John se le quedó repentinamente entumecido. "Justo en el punto en que aplico fuerza al terreno de juego, en el punto en que mi brazo está hacia atrás y flexionado, algo sucedió", explicó. "Sentí como si hubiera dejado mi brazo en otro lugar. Fue como si mi cuerpo siguiera avanzando y mi brazo izquierdo hubiera salido disparado hacia el jardín derecho, independientemente del resto de mi cuerpo". 9 

El brazo izquierdo de John no sintió dolor, sino una extraña sensación de vacío y un chasquido en su interior. La pelota, mientras tanto, rebotó suavemente hacia el plato, muy fuera de la zona de strike. John recuperó la pelota de su receptor, preguntándose qué sucedía. Se tocó el brazo y lo sintió bien, moviéndose libremente sin dolor. Así que se preparó de nuevo, revisó a sus corredores y lanzó otro sinker. Y sucedió lo mismo: brazo entumecido, lanzamiento flojo, pero esta vez con un golpe seco en el antebrazo, como si dos objetos duros chocaran entre sí. John seguía sin sentir dolor, pero también sabía que ya no podía lanzar. "Será mejor que pongas a alguien ahí", le dijo a su mánager, Walt Alston, cuando llegó al montículo. "Me he lastimado el brazo". Los Dodgers perdieron el partido 5-4, y John fue a la sala de fisioterapia sin tener mucha idea de lo que le esperaba. 

La gravedad de la lesión de John tardó en hacerse evidente. Como muchos lanzadores, John ya había tenido problemas con el brazo y el hombro, y se había recuperado. Además de la cirugía por fractura de hueso en 1972, se había dislocado el hombro en 1968 durante la pelea con McAuliffe.


Quizás porque John se había recuperado fácilmente de lesiones anteriores, la idea de que esta lesión fuera más grave, más trascendental, tardó en asimilarse. Inmediatamente después de aquella noche de julio de 1974, el Dr. Jobe llevó a John a una trastienda del Dodger Stadium y le examinó el brazo, pero no pudo determinar qué le ocurría exactamente. Le aconsejó que se aplicara hielo en el brazo y que descansara unos días; y John, que se había resistido a operarse el hombro en 1968, prefiriendo que los ligamentos sanaran por sí solos, siguió el consejo de Jobe.  

Fue mientras John esperaba señales de recuperación de su brazo que comenzaron a circular los rumores. Antes de su apertura contra Montreal, habían aparecido historias en los medios sobre la frustración de John con Yogi Berra. Ahora, después de la lesión, circulaban historias de que la causa de la lesión —la razón por la que John se había distendido el brazo— era que el lanzador había estado tratando de demostrar que Yogi Berra estaba equivocado lanzando demasiado fuerte. "Fue una declaración realmente ignorante", dijo John más tarde. "Nadie que realmente me conozca podría haber imaginado esa historia... Cualquier lanzador experimentado sabe que hay que lanzar dentro de las propias capacidades y que sobrepasar los límites es un camino directo a las duchas". 10 El Dr. Jobe coincidió con John en esto. Una lesión como la de John en 1974, dijo, era el resultado de un estrés prolongado en el brazo. "Lo llamamos el Síndrome de Sobreuso", dijo Jobe. “Si una persona lanza con mucha fuerza durante un período prolongado, el cuerpo responde con una reacción inflamatoria. Esto puede causar cicatrices, calcificación, degeneración y ruptura de los ligamentos. [Y] la diferencia entre lanzar una pelota con la fuerza suficiente para eliminar a un bateador de las Grandes Ligas y lastimarse el brazo es ínfima”. Jobe sabía de lo que hablaba. Había empezado a trabajar para los Dodgers en 1964, el mismo año en que Sandy Koufax comenzó a tener problemas en el codo. Y había estado con el equipo en 1966 para ver a Koufax sucumbir finalmente al devastador dolor.

Tras unos días, el codo de John no había mejorado. De hecho, se sentía peor, con espasmos que tensaban los músculos a ambos lados de la articulación, a la vez que el antebrazo presentaba una amplitud de movimiento inusual. Jobe le hizo radiografías del brazo al lanzador, pero no pudo determinar la extensión de la lesión de ligamentos. Derivó a John a un especialista, el Dr. Herb Stark, quien le recomendó un tratamiento de reposo y fisioterapia en casa, justo cuando los Dodgers se acercaban a su recta final en la lucha por llegar a la postemporada y el equipo ansiaba buenas noticias sobre uno de sus mejores lanzadores.



A mediados de agosto, tras un mes de descanso, John se unió a los Dodgers en Nueva York e intentó lanzar en la práctica de bateo. No pudo alcanzar el plato y, una vez más, no sintió nada en el brazo. Desesperado, le pidió al preparador físico de los Dodgers, Bill Buhler, que le vendara el codo con fuerza, como se hace cuando un jugador se tuerce el tobillo. El vendaje le ayudó. John pudo sentir el brazo lo suficiente como para controlar la trayectoria de la pelota, pero sus lanzamientos no tenían ni de lejos la velocidad ni el movimiento habituales. El lanzador fue entonces al mánager Alston y le comunicó la noticia: parecía que su brazo no volvería a estar disponible para el resto de la temporada. John llamó al Dr. Jobe y le contó lo sucedido. También le dijo que había tomado una decisión que cambiaría para siempre su vida, su carrera y, de hecho, el deporte. Le dijo al Dr. Jobe que quería que lo operara.

El Dr. Jobe había hablado con John sobre su idea de una operación durante el mes anterior. Era una cirugía que Jobe había imaginado años antes, pero en aquel entonces, dijo Jobe, "no se veían muchos lanzadores de las Grandes Ligas con cicatrices en los brazos". 11 Antes de los avances médicos de la década de 1970, cuando los atletas comenzaron a tratar sus rodillas y codos adoloridos con nuevos procedimientos quirúrgicos artroscópicos, los lanzadores con brazos cansados ​​o doloridos preferían tratarse con medicina paliativa, no reconstructiva. 12 La mayoría de los jugadores antes de la década de 1970 sabían que en el momento en que pasaban por el quirófano, su carrera probablemente terminaba. Y así, innumerables jugadores de béisbol habían intentado jugar a pesar del dolor, e innumerables jugadores de béisbol habían visto terminar su carrera por falta de un tratamiento adecuado para sus dolencias. El propio John admitió que era "extremadamente receloso" de someterse a una cirugía. "En ese momento", dijo, "las operaciones de brazos y hombros no solo no eran tan efectivas, sino que eran peligrosas". 13 Pero John había llegado a confiar en Jobe. Y sabía que sin la cirugía no tenía ninguna posibilidad de volver al montículo.

Aquí es donde la valentía jugó un papel clave para salvar la carrera de Tommy John. A pesar de adentrarse en un terreno desconocido para cualquier beisbolista, John proclamó que haría lo que fuera necesario para poder seguir lanzando. Esto era cierto incluso si, en el peor de los casos, su ligamento cubital izquierdo se rompía por completo y necesitaba un trasplante radical. Solo alguien tan dispuesto a superar sus límites como Tommy John podía cambiar los prejuicios arraigados entre los beisbolistas contra las técnicas médicas modernas. Esta fue su verdadera contribución revolucionaria al deporte y a sus compañeros atletas. De hecho, la cirugía de su codo no fue una técnica tan innovadora como suele describirse. El mundo del béisbol la aclamó como la primera, pero el propio Dr. Jobe la calificó como un "procedimiento ortopédico bastante común". La principal diferencia técnica radicaba en que, hasta entonces, la cirugía se había limitado generalmente a muñecas y manos, no a codos, ya que la gente común no suele sufrir síndrome de sobrecarga en esa parte del cuerpo. Sin embargo, este nivel de reparación quirúrgica nunca había sido sometido al rigor postoperatorio al que lo sometería un lanzador de las Grandes Ligas. Ningún jugador de béisbol antes de Tommy John se había entregado a un procedimiento quirúrgico de tal magnitud manteniendo la esperanza de recuperarse y volver a ser el jugador que era antes de la cirugía. 



El 25 de septiembre de 1974, el Dr. Jobe, en medio de lo que se convertiría en un procedimiento de tres horas, tomó una decisión trascendental. «Cuando fui a reparar (el ligamento)», dijo, «debido a los años de desgaste, no quedaba nada que reparar. Tuve que buscar un sustituto en otro lugar». 14 Jobe reemplazó el ligamento colateral medial del codo de John, que estaba completamente roto, con un nuevo ligamento que extrajo del tendón palmar largo de la muñeca derecha de John. (Los cronistas deportivos bromearon más tarde diciendo que John era el primer «zurdo diestro» del mundo). Cuando John despertó y extendió la mano para saber qué había sucedido durante la cirugía, encontró su brazo izquierdo —su brazo de lanzar— vendado y con dificultad para moverlo. Y descubrió que su mano derecha también estaba vendada.

La recuperación de lo que se conocería como la cirugía de Tommy John fue más incierta que el procedimiento en sí. «Como ningún lanzador se había sometido jamás a este tipo de operación», escribió John mucho después, «ningún lanzador se había recuperado. Nadie sabía qué esperar. Estábamos haciendo historia de la medicina» .¹⁵ El peor momento fue el inmediato. La cirugía había dañado el nervio cubital, y la mano izquierda de John se había atrofiado hasta convertirse en una especie de garra inútil, con pérdida de sensibilidad en varios dedos. El 15 de diciembre, el Dr. Jobe realizó discretamente otro procedimiento para redirigir el nervio a través del tejido graso en la parte interna del codo, lejos de la cicatriz que afectaba la mano de John. Esta operación fue un éxito; de lo contrario, John habría quedado con una deformidad permanente. Al mes siguiente, el Dr. Jobe le quitó el último yeso del brazo a John, y el lanzador se puso a trabajar para recuperar la fuerza y ​​el control muscular necesarios para volver a lanzar.

“Trabajé duro”, dijo, “siete días a la semana, en los ejercicios que el Dr. Jobe me dio para fortalecer el brazo. … Trabajé lo más duro que pude en mi rehabilitación. Nunca quise mirar atrás y decir: 'Caramba, tal vez si hubiera trabajado un poco más en 1975, podría haber regresado'”. 16 John asistió al entrenamiento de primavera con los Dodgers en 1975, haciendo el mismo trabajo que los demás lanzadores, con la excepción de lanzar la pelota. Su brazo tenía su rango completo de movimiento, pero aún carecía de sensibilidad completa en los dedos y por lo tanto no podía agarrar la pelota correctamente. En cambio, después de que el régimen diario de ejercicios y prácticas terminó y los lanzadores fueron a lanzar la práctica de bateo, John ideó su propio método de práctica: vendar sus dedos lesionados a sus dedos sanos para poder agarrar la pelota. “Día tras día, durante seis semanas, lancé contra esta pared. Adquirió un carácter casi simbólico, representando la 'pared' que intentaba derribar. Tomaba cuatro o cinco pelotas, las lanzaba contra la pared, las recogía y continuaba hasta cansarme… Era una imagen lamentable: el que fuera jugador de las Grandes Ligas, lanzando pelotas débiles y sangrantes contra una pared de concreto, con la misma apariencia que un niño pequeño lanzando una pelota contra los escalones de su porche trasero.” 17

Durante todas estas pruebas, mientras luchaba por superar su aislamiento y la certeza de que nadie en el equipo le daba muchas posibilidades de regresar, John repetía una y otra vez un versículo de las Escrituras como un mantra: «Porque para Dios nada es imposible» (Lucas 1:37). Y seguía trabajando. Los ejercicios continuaron después del entrenamiento de primavera, junto con un régimen de terapia de frío y calor prescrito por el Dr. Jobe. John se unió a los Dodgers en Los Ángeles poco después de que comenzara la temporada, y amplió su trabajo para incluir una «terapia con plastilina» sugerida por el entrenador Bill Buhler. John mezclaba varias porciones de este juguete de goma para niños y lo amasaba casi constantemente. Más tarde, el Dr. Jobe le hizo apretar un palo de golf cortado. Durante toda la primavera y hasta mediados del verano, John siguió trabajando, corriendo hasta seis millas, luego jugando al golf cada mañana, entrenando con el equipo y recibiendo terapia con los entrenadores del equipo por la tarde. 



En junio, John finalmente vio recompensado todo su esfuerzo. Un día, camino al estadio, tuvo una revelación. De repente, se dio cuenta de que podía estirar sus dos dedos paralizados. En julio, durante una sesión de lanzamientos en el bullpen, John sintió que recuperaba la potencia en sus lanzamientos. Pronto estaba lanzando en las prácticas de bateo, impresionando tanto a los entrenadores y compañeros de los Dodgers que fue asignado a la Liga de Instrucción de Arizona después de la temporada. En su primera salida en Arizona, el 29 de septiembre, lanzó tres entradas perfectas: 39 lanzamientos, cuatro ponches y muchos roletazos. Hizo cuatro apariciones más, aumentando gradualmente hasta las siete entradas y continuando con su buen desempeño. 

John regresó a los Dodgers en 1976 y tuvo un buen desempeño como lanzador, abriendo 31 juegos, completando 207 entradas y registrando 10 victorias y 10 derrotas con una respetable efectividad de 3.09. Tras la temporada, recibió el premio al Jugador Regreso del Año de la Liga Nacional, otorgado por The Sporting News, y el Premio Fred Hutchinson por su carácter y valentía ejemplares. Su mejora continuó en 1977, cuando ganó 20 juegos y solo perdió 7, registrando una efectividad de 2.78. Que era un mejor lanzador ahora, a los 34 años y después de una cirugía radical de codo, quedó patente no solo en su contribución al regreso de los Dodgers a la Serie Mundial, sino también en su segundo lugar detrás de Steve Carlton en la votación del Premio Cy Young. 

Durante las siguientes tres temporadas, John se mantuvo en la cima de su juego. Ganó 17 para los Dodgers en 1978, regresando con el equipo a la Serie Mundial, donde lanzó sólidamente contra los Yankees, aunque los Dodgers perdieron la Serie. Luego, tras decidir probar el nuevo mercado de agentes libres, John llegó a los Yankees y se consolidó como el ganador más consistente del equipo con dos temporadas consecutivas de 20 victorias en 1979-80 y terminando en segundo y cuarto lugar en la votación del Premio Cy Young. Su récord de 1976 a 1981 fue de 99 victorias y 53 derrotas, una efectividad de 3.06, 14 blanqueadas, 64 juegos completos y un promedio de más de 235 entradas por año (después de ajustar por la temporada acortada por la huelga de 1981).

John permaneció con los Yankees unos años más, lanzando bien durante una temporada (1981) acortada por una huelga de jugadores y por un tiempo libre para cuidar a su hijo Travis. En octubre de 1981, John, de 38 años, lanzó en el tercer enfrentamiento de la Serie Mundial entre los Dodgers y los Yankees en cinco años, aunque esta vez se enfrentó a sus antiguos compañeros. De nuevo lanzó bien, ganando uno de los tres juegos que inició (sin derrotas) y registrando una efectividad de 0.69. Pero no fue suficiente, y por tercera vez John estuvo en el equipo perdedor de la Serie Mundial. A pesar de lanzar durante ocho temporadas más después de 1981, John nunca más volvió a aparecer en la Serie Mundial.

Año tras año, y ya entrado en sus cuarenta, la carrera de Tommy John continuó. En 1982, los Yankees lo traspasaron a los California Angels, donde tuvo dificultades sin un récord ganador durante parte de cuatro temporadas antes de ser despedido. En 1985, lanzó, no particularmente bien, para los Oakland Athletics. Tras ser despedido por los A's después de la temporada, pero aún creyendo que podía lanzar, John, de 42 años, consiguió una prueba en 1986 con su antiguo equipo, los Yankees. Y demostró su valía una vez más. Durante las siguientes dos temporadas, John ganó 18 juegos. En 1988, ganó nueve juegos para los Yankees, y luego se unió al equipo como jugador sin beca por última vez en 1989 —lanzando lo suficientemente bien en los entrenamientos de primavera como para ser nombrado abridor del Día Inaugural— antes de ser despedido en mayo. John finalmente anunció su retiro en septiembre. "Creo que todavía podría lanzar", dijo John, entonces de 46 años, a un periodista en su estado natal de Indiana, "pero es un juego de jóvenes". 18

Tras su carrera como jugador, John emprendió una trayectoria profesional muy diversa. Trabajó como analista de televisión para los Yankees, los Braves, los Twins y para ESPN.com, y también como entrenador y en la directiva de varios equipos de ligas menores. En 2011, residía en Charlotte, Carolina del Norte, con su esposa, Sally, donde impartía charlas motivacionales y escribía un blog para Sportable Scoreboards.

Al igual que durante su carrera como jugador, el ya retirado Tommy John siguió enfrentando diversos desafíos. El 9 de marzo de 2010, uno de sus cuatro hijos, Taylor, de 28 años, falleció a consecuencia de una convulsión e insuficiencia cardíaca provocadas por una sobredosis de medicamentos recetados. De forma menos trágica, en 2010 se cerró definitivamente otra etapa importante de la vida de John. En 2009, en su último año de elegibilidad, John no fue elegido por los periodistas deportivos para ingresar al Salón de la Fama del Béisbol. Al igual que durante su carrera como jugador, las contribuciones de John al deporte parecían incomprendidas; sus 288 victorias lo convirtieron en el lanzador elegible posterior a 1900 con más victorias que no fue incluido en el Salón de la Fama. Además, su resistencia general, su porcentaje de victorias y derrotas (.555, con 288 victorias frente a 231 derrotas) y su efectividad de 3.34 fueron lo suficientemente buenos como para ubicarlo estadísticamente en el puesto 67 entre los lanzadores, por delante de lanzadores del Salón de la Fama como Red Ruffing, Mickey Welch, Chief Bender, Red Faber, Vic Willis, Waite Hoyt y Rollie Fingers.

Y está el pequeño detalle de cómo revolucionó la actitud de los atletas hacia la medicina. Con 164 de sus 288 victorias conseguidas después de la cirugía, John rompió la barrera que decía que los jugadores no podían jugar después de someterse a una operación. Desde que Tommy John se sometió a una reconstrucción del ligamento colateral cubital (UCL) en 1974, cientos de atletas de élite han salvado sus carreras gracias a lo que se conoció como la cirugía de Tommy John. Si bien las estadísticas de la carrera de John no se consideran suficientes para ser considerado para el Salón de la Fama, su audacia pionera, su capacidad para resistir y recuperarse de la adversidad una y otra vez cuando nadie le daba una oportunidad, sí lo colocan entre la élite histórica del béisbol. Ahora que su destino estaba en manos del Comité de Veteranos del Salón de la Fama, John solo podía esperar que se le diera una última oportunidad para un regreso sorprendente. 

Última revisión: 26 de mayo de 2021 (zp)


NOTA: 

Muere Tommy John, leyenda del béisbol y pionero de la cirugía que salvó carreras

Tommy John, el lanzador que ganó 288 partidos durante una carrera de 26 temporadas en las Grandes Ligas y cuyo nombre quedó ligado para siempre a una de las operaciones más importantes en la historia del deporte, falleció el sábado por la noche en su casa de Bradenton, Florida. Tenía 83 años.
Lunes 16/ Agosto 2026