lunes, 21 de noviembre de 2022

De las academias de la MLB a intermediarios

 

Prospectos del beisbol. Foto referencial

Por

 Dayrí Blanco

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Dorian siempre supo que quería ser pelotero. Incluso, antes de tener la edad para decidirlo ya todos por calles de La Isabelica sabían que lo sería. Nunca salía sin una pelota, la lanzaba, corría de un lado a otro, usaba cualquier piedra y palo para batear y desde los tres años ya estaba en los campos de los criollitos.

Ahí pasaba casi todas sus tardes con el compromiso de hacer las tareas de la escuela al regresar. Sus padres siempre lo apoyaron y acompañaron en cada práctica y juego. Cuando su hermana nació ya él tenía ocho años, así que la niña dio sus primeros pasos en un campo de beisbol y las gradas eran su mejor salón de diversiones.

En su formación cubrió todas las posiciones, fue jardinero, pitcher y cátcher. Pero lo que más le gustaba era batear y robar base. Una de sus grandes habilidades era la velocidad, por eso, al cumplir 12 años, y por recomendación de sus entrenadores, comenzó a practicar atletismo también.

Participó en competencias estadales y nacionales, su equipo logró varios campeonatos y él se consolidó como jardinero central y segundo bate, con números que le permitieron destacar y ser considerado como prospecto por scouts de equipos de las Grandes Ligas.

A un paso de su sueño

Estaba en tercer año del liceo y tenía 14 años cuando un agente de los Cachorros de Chicago habló con sus padres. Estaba interesado en que Dorian siguiera su preparación con ellos, lo que significaba que ya estaba un paso más cerca de su sueño.

Para ello debía cambiarse de colegio y mudarse a Puerto Cabello. Sus padres lo pensaron por varios días porque sería la primera vez que su hijo estaría sin ellos, residenciado con otros jóvenes de su edad y con compañeros que no conocían.

Evaluaron todo, incluso, debatieron si esperaban que otro scout mostrara interés, por ejemplo, de los Piratas de Pittsburgh que quedaba en Guacara y no tendría que mudarse ni cambiar de liceo, aunque le tocaría ir a diario desde La Isabelica.

Pero decidieron confiar y apostar por la oportunidad que le estaban dando. Todo marchaba bien. Dorian regresaba a casa algunos fines de semana, pero con el compromiso de seguir entrenando y cuidando la alimentación.

Era una certeza que el 2 de julio de 2001 entraría en la lista de los venezolanos firmados por una organización de la MLB. En su caso, serían los Cachorros que ya habían invertido en él por casi dos años y lo tenían como sus mejores prospectos.

No todo salió como lo tenían planeado. Un sábado en la mañana, mientras trotaba por las calles de La Isabelica, un motorizado lo atropelló y se dio a la fuga. Fue un accidente que le afectó su pierna izquierda. Los especialistas indicaron que necesitaría varias sesiones de fisioterapia para estar nuevamente al 100%.

En la academia no quisieron arriesgarse. Apoyaron con el tratamiento, pero lo sacaron de la lista de prospectos y, pasado el 2 de julio, fue dejado en libertad y sin firma.

“Fue un golpe muy fuerte. Desde ese día no quise jugar más. Me sentí defraudado”, recuerda Dorian, quien actualmente tiene 37 años y está, como muchos venezolanos, en el exilio, donde se reúne algunos domingos con amigos a jugar softbol.

Germán Arellano trabajó por años como scout de una organización de la MLB en Venezuela. Él narró que es muy complicado para las academias firmar a un joven que había tenido una lesión tan cerca de la fecha del posible contrato.

También recuerda con nostalgia la época en la que en el país funcionaban 20 escuelas de las Grandes Ligas, que comenzaron a retirarse en 2013 por la intensa crisis económica y social de Venezuela. “Ha quedado un gran vacío, ya nada es igual, aunque hay scouts que se han reactivado, trabajando con el respaldo de organizaciones de la MLB, pero sin academias que dependan de esos equipos directamente”.

La entrada de las academias privadas

El beisbol se lleva en la sangre. Así lo confirma la familia de Dorian. Su primo, Jesús Andrés, de 13 años siguió sus pasos. Desde muy pequeño practica en una escuela del municipio San Diego. También ha ido a competencias estadales y nacionales y ha construido una carrera resaltante como cátcher y bateador.

Hace unas semanas, al llegar de un nacional, sus padres fueron contactados por el director de una academia privada que funciona en la urbanización La Viña, de Valencia. El planteamiento fue que comenzara a entrenar en su institución donde recibiría la preparación necesaria para una eventual presentación ante un scout.

Adicionalmente, la academia se haría cargo del pago de viajes y viáticos de las competencias fuera del estado y de la dotación de todos los implementos deportivos.

Es como una beca que le damos a los chamos que vemos que son buenos prospectos para determinados equipos, porque ya sabemos lo que necesitan y buscan. Entonces los terminamos de preparar y, al tener cerca de los 16 años, se los presentamos a los scouts a quienes ya antes le hemos hablado del muchacho para garantizar y mantener su interés”, detalló el director de una de las academias privadas que existen en Carabobo y que han sustituido a las de la MLB.

Los padres de Jesús Andrés accedieron a la propuesta. Dorian, desde Chile, les dijo que es una buena opción ante la falta de escuelas de las Grandes Ligas. Actualmente, su primo va a diario a formarse ahí con el sueño presente de ser un pelotero profesional.

La historia del fútbol

A Juan Carlos, contemporáneo con Dorian, siempre se le veía por las calles de La Isabelica jugando fútbol. Él solo iba a los campos de beisbol cuando toda la familia iba a apoyar a su primo en una competencia importante.

Estuvo en una escuela infantil de fútbol, pero por poco tiempo porque entendió rápidamente que no se trataba de un deporte que recibiera el apoyo que sí tenía el beisbol. “Yo siempre supe que nunca sería firmado para jugar en un equipo grande, eso no pasa aquí. ¿Qué venezolano está en el Real Madrid, por ejemplo?”.

Él se dedicó a estudiar y hoy, de adulto, es gerente comercial de una empresa de Valencia. Su hijo mayor heredó su pasión por el fútbol y, aunque sigue pesimista, lo apoya y lo inscribió en una academia donde recibe clases tres veces a la semana.

“Tiene talento”, dice orgulloso al hablar del niño de nueve años, a quien le dice con frecuencia que debe estudiar mucho y que él hará lo posible por llevarlo al extranjero a estudiar la secundaria para que tenga mejores oportunidades con el deporte.

Foto referencial / Real Madrid Campus Experience

Cuando se enteró de que el Real Madrid, equipo del que es fanático, realizaría clínicas durante el mes de julio en San Joaquín, no lo podía creer. Intentó inscribirlo, pero no pudo pagar la tarifa. Así que desistió de la idea, aunque lo intentará el próximo año.

“Eso está muy bien, es positivo que vengan esas clínicas, pero no vienen a los barrios, donde también hay talento, pero no dinero para pagar tanto”, expresó el profesor de futbol infantil en Los Guayos, Douglas Zambrano.

Relató que las grandes academias de fútbol de Carabobo organizan torneos e invitan a las más pequeñas y modestas, para ver a nuestros muchachos que son formados por nosotros, y se los llevan.

“Les dicen que van a tener más chance si se van a su academia, pero allá tienen que pagar y ya los reciben formados. Así funciona esto, lamentablemente. Si existiera el apoyo de insumos, implementos y becas para nuestros niños, mientras nosotros nos encargamos de formarlos en los barrios, todo sería mejor y ellos tendrían más oportunidades”.

Es así como las realidades de Dorian, Jesús Andrés, Juan Carlos y la de muchos niños se alimentan de los sueños, las expectativas y, en muchos casos, la desilusión.

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