domingo, 24 de enero de 2021

Catfish Hunter, el campesino de buen corazón que mandó en el clubhouse de los Yanquis

 


HISTORIAS DEL DIAMANTE

Por Joaquín Villamizar Baptista

Hoy hablaremos de ese buen muchacho campesino llamado Jim “Catfish” Hunter... 

"El miércoles 17 de octubre de 1973 hacía mucho frío en el mediodía de Nueva York. Era, además, un día muy gris, nublado, triste. En los lujosos corredores del lobby del hotel en donde se hospedaba nuestro pelotero de hoy, iban y venían personas forradas con abrigos y bufandas, narices frías y húmedas. 


"En un extremo, leyendo el New York Times, de manera que su cara quedaba medio oculta, descubrí a Jim Catfish Hunter (el primer pitcher desde 1915 en llegar a 200 juegos ganados a los a los 31 años de edad). Había abierto el tercer juego de la Serie Mundial de ese año, la noche anterior, ¡y no pudo ganarle a los Mets! Pero sí ganó su equipo, los Atléticos de Oakland, en 11 innings. 

"El pitcher triunfador en esa velada fue Paul Lindblad". 

Así comienza esta columna, con las palabras del periodista e historiador del beisbol Juan Vené. Él le había pedido durante los dos primeros juegos de la serie, en Oakland, que en este día, antes del cuarto choque, segundo en el Shea Stadium, le permitiera grabar algunas palabras suyas para su transmisión que haría para el mundo de habla hispana. Y esa mañana, muy cortésmente, Catfish llamó al periodista y le dijo: “Estaré en el lobby, como acordamos”.

Ahí estaba. Le habló de “la importancia que gane el club, no yo”. Y que “debemos ganar aquí, aunque nos va a costar demasiado, los Mets son muy buenos”. 

Pero, aquí viene lo interesante de esta anécdota... Unos niños se le acercaron y él siguió hablando frente al grabador, mientras a la vez firmaba autógrafos. Después vinieron jovencitos de mayor edad y él firmaba, hablaba y sonreía. Eso le llamó la atención al periodista, ya que cuando esas interrupciones ocurren en una entrevista, los atletas, sin despreciar a los fanáticos, les dicen que esperen al final de la misma. 

Terminada la charla, le dijo a Vené: “Si estos muchachos son tan felices en recibir mis autógrafos como lo soy yo al firmárselos, me sentiré bien toda la vida”. 

Por eso fue triste, muy triste, cuando durante el verano de 1998, mientras estaba de cacería en los alrededores de sus campesinos predios en Hartford, Carolina del Norte, descubrió Catfish, que no podía mover bien los brazos ni las manos. Los exámenes médicos revelaron pronto la verdad: tenía esclerósis lateral amiotrófica o Enfermedad de Lou Gehrig. Sí, fue muy triste...

Semanas después se lamentaba Catfish: “Ahora, ya no puedo firmar autógrafos”. Y lo invitaban a lanzar primeras pelotas, y él quería hacerlo, pero no podía. Las tiraban sus nietos. 

Esta enfermedad va destrozando la funcionalidad de los músculos, ya que las células nerviosas se degradan paulatinamente, hasta causar la muerte. Catfish, de hecho, murió el 9 de septiembre de 1999. Sus restos fueron sepultados en su Hertford de toda la vida (sus fanáticos pedían que lo enterraran en Nueva York o en Oakland como un héroe, a lo que la familia, por expresa orden de él, se opuso).

 
Queda la brillante historia del hombre bueno, cariñoso, amable hasta para con una transmisión radial que no era en su idioma. Decía: “Mi sueldo me lo pagan los fanáticos, esos que van al stadium, y los radioescuchas y los televidentes, todos”. 

Quedan las historias del bravo lanzador, primero en recibir un contrato multimillonario, cuando el 31 de diciembre de 1974 George Steinbrenner decidió iniciar el desfile de negociaciones que desde entonces caracterízan a las Mayores. No fueron 105 millones de dólares por 7 años, como firmó Kevin Brown con los Dodgers cuando Jim fenecía, sino 3 millones 750 mil dólares por 5 temporadas. Pero esto era una cantidad enorme para la fecha. Si Brown merecía eso que cobró, Hunter habría logrado entre 20 y 30 millones anuales en estos días. 

Los Yanquis sufrían entonces tras una década de fracasos. Y Steinbrenner apenas llevaba un año con el club, pero ya sabía sacarle partido a ciertas situaciones (hay que recordar que era un empresario muy exitoso). 

Charlie O. Finley (propietario de los Atléticos) le había quedado mal a Hunter según las condiciones del contrato, por lo que Catfish se declaró agente libre. Todo lo que hizo George fue ofrecerle más dinero que los demás equipos. Claro, Catfish ya tenía como aspirar a eso. 

Tiró un juego perfecto frente a los Mellizos, el 8 de mayo de 1968. Había ganado 4 veces en Series Mundiales sin derrota alguna, y venía de lograr 25 victorias ese año de 1974, su cuarto con 20 o más de los 5 consecutivos que alcanzó con esos números. Pero, James Augustus Hunter fue algo más que todo eso para sus compañeros de los Yanquis. 

Cuenta Wallace Matthews, del New York Post, que durante una visita del club a Boston, en la temporada de 1977, Dock Ellis, famoso pitcher derecho de los Yanquis, tuvo una discusión de alto voltaje con el temperamental mánager Billy Martin, cuyo carácter irascible era reconocido en el mundo del beisbol. 

Martin había llamado cobarde a Rudy May, lanzador zurdo de los neoyorquinos. Por eso, Ellis lo enfrentó y decidió herir a Billy donde más le dolía: “¡Tu crees que manejas este club, pero no es así!, le dijo. Respondió inmediatamente Martin: “Ah, ¿si? ¿Y quién maneja esto entonces?”. Ellis pudo mencionar a Reggie Jackson o a Graig Nettles o a Rich Goose Gossage... pero dijo: “Catfish es nuestro líder, es quien nos guía y quien nos manda, sin insultarnos, porque él tiene el respeto absoluto de todos nosotros, los peloteros de este equipo”. 

Billy, con su explosivo carácter estaba listo para responder... pero ¡sabía que Ellis estaba diciendo la verdad! Cuentan los presentes, que por primera y única vez se quedó callado. Se rascó la cabeza, sonrió, dio media vuelta y se fue. 


Catfish encabezaba a el “Zoológico del Bronx” (así se llamaba a los Yanquis de la época, por las características de sus integrantes), sin levantar la voz. Era un muchacho campesino. El mismo muchacho campesino atento, cariñoso, amistoso, que con paciencia aguantaba a los jugadores de su problemático y violento clubhouse, como a unos jóvenes pidiendo autógrafos durante una entrevista. 

Seguía siendo el mismo muchacho al morir a sus 53 años. Es historia, amigos. 

Joaquín Villamizar Baptista

Fuentes: Las Mejores Anécdotas del Beisbol, por Juan Vené. Bill Felber: 125 years of Professional Baseball.

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