lunes, 25 de enero de 2021

El inolvidable “Rey David”

 



POR Mari Montes

Todo pasó en aquellos días, cuando tenía 6 años y encontró un asombroso tesoro en un baúl.

El fantástico descubrimiento ocurrió en la sala de su casa en Ocumare de la Costa,  donde había una puerta que conducía a un depósito que pertenecía a su padrino, un ingeniero alemán que fue a dar a aquellos lares en los años treinta del siglo pasado. Era la Venezuela de Juan Vicente Gómez. El padrino dirigía las obras de construcción de los puentes de cemento, para conectar las vías de los pueblos de la costa del estado Aragua.  Hasta entonces, el acceso era a través de precarias carreteras por las que había que atravesar ríos y quebradas. Se llamaba Schaez Milker. Había contratado a su papá como chofer, y en la rutina se hicieron amigos y compadres. Cuando terminó su trabajo de los puentes, se marchó a Caracas. Regresó a la vuelta de unos años, solo para bautizarlo y volvió a la ciudad. 

Su nacimiento, en 1948,  coincidió con que su  padre compró un camión para transportar arena. Ocumare de la Costa comenzaba a convertirse en un destino para las familias caraqueñas que construían sus casas para vacacionar, atraídas por las bellas playas, así que aquel trabajo le permitió mantener mantener con comodidad a la familia. 

Han pasado 66 años desde el hallazgo, pero el recuerdo permanece nítido para él. 

—Él dejó ese depósito y ahí había un gran baúl que era de mi papá, que yo no sabía qué tenía. Un día me metí ahí, lo abrí, y encontré spikes Spalding, muy buenos, uniformes de béisbol, camisas del Cervecería Caracas, caretas, petos, chingalas, guantes y pelotas. Encontré un tesoro. Tenía 6 años y salí disfrazado con todo aquello. Me armaron un escándalo, porque me había puesto eso. “¡David! ¿De dónde lo sacaste? ¡Tu papá se va a poner bravo!”  Hoy en día me da nostalgia porque no supe a dónde fueron a parar esas cosas.                   

Además de los objetos de béisbol, se había encontrado con una historia de su papá, que hasta entonces desconocía. 

—Fue una sorpresa, mi papá tenía 6 años con eso guardado. Yo no sabía que mi papá había jugado tanto béisbol, ni que había tenido un equipo. Me enteré en ese momento, cuando encontré el baúl. Fue entonces cuando supe que papá era amigo de los peloteros del Caracas. Él iba mucho a la capital. Mi abuelo era de Panaquire, ahí tenía una hacienda de cacao. Él tuvo dos hijos fuera del matrimonio, mi tía Juana y mi papá, pero cuando murió les dejó unas casas. Cuando mi papá pasaba por Caracas, me imagino, iba a los juegos,  luego invitaba a los peloteros, en la época que no había beisbol. Ellos se iban para Ocumare de la Costa, para Cuyagua, a Turiamo, que en ese tiempo no era base militar y era una playa muy bonita. Ellos le regalaban uniformes y otras cosas. 

Su hermana Nelly era unos años mayor. Cuando él comenzaba la escuela, ella estaba terminando sexto grado. Tuvieron una infancia feliz. 

—Mi juguete preferido era un velocípedo de ruedas grandes, de hierro, muy bueno. A ese le dimos pela. Lo regalamos y todavía andaba por ahí. Nosotros éramos dos, mi hermana y yo. Vivíamos en la última casa de una salida de dos calles, teníamos un terreno grandísimo al frente, la escuela estaba diagonal. Esa escuela funcionaba en una casa que había sido del general Juan Vicente Gómez. Era su casa cuando venía a la playa en Ocumare de la Costa con su familia. Después de su muerte, la convirtieron en un colegio. Era una casa antigua muy vieja y muy bonita, que tenía su buen comedor, donde comíamos. Ahí estudié primer grado. Tenía unas matas de tamarindo pegadas de la pared. Era cercada, con paredes  hechas de la época de Gómez, y tenía adentro un campo de béisbol. Había clases hasta el mediodía, y el director,  como vivíamos casi al frente, era amigo, conocía a mi mamá, mi abuela Columba era la que hacía las arepas,  así que nos dejaba jugar a los más chiquitos en ese terreno. 

Su abuela Columba vivía con ellos, se había convertido en viuda siendo muy joven, cuando su hija Ernestina tenía apenas 10 años de edad. No se casó más nunca, solo tuvo dos hijos.

David Concepción retratado por Roberto Mata

Los Concepción Benítez eran una familia muy unida. En vista de que en Ocumare no existía un colegio con bachillerato, decidieron irse a Maracay.  Nelly terminaba sexto grado, así que Ernestina no quería que la niña se quedara sin estudiar secundaria. Aunque  ella solo había hecho la escuela primaria, escribía muy bien. Ella y la abuela Columba eran buenas lectoras, y se empeñaron en que Nelly  continuara sus estudios. Hicieron los arreglos necesarios y se  fueron a la capital del estado, una ciudad relativamente cerca de Ocumare de la Costa, que creció mucho durante la dictadura gomecista. 

—Nos fuimos a casa de mi tío Lorenzo. Mi hermana empezó a estudiar en La Consolación, un colegio de religiosas, donde terminó graduada como maestra normalista. Ahí vivimos un año, hasta que mi papá quiso buscar casa propia. Tenía nuevas rutas. Llegó a trabajar en la construcción de la Autopista Regional del Centro con su camión de arena. Nos mudamos a una cuadra del “José Pérez Colmenares”, el viejo parque, que ahora es el estadio “Julio Bracho”, que fue uno de los héroes del 41. Ahí continué la primaria, en una escuela llamada “Felipe Guevara Rojas” donde, por cierto, estudió Arturo Uslar Pietri. Ahí jugaba béisbol todos los días. Iba al colegio en la mañana, llegaba, dejaba los libros, me quitaba una batola blanca, almorzaba y me iba al estadio. Mi mamá era costurera profesional y ella me hacía toda mi ropa, solo teníamos que comprar zapatos. Siempre andaba bien vestido porque ella me hacía toda mi ropa, de mucha calidad. 

En Maracay, el pequeño David jugó por primera vez béisbol organizado. Tenía 10 años, su primer equipo se llamaba “Juan Bimba”. 

—Tuve la suerte de jugar en ese equipo que era uno de los mejores del estado Aragua. Fuimos campeones 3 años. Era pitcher, todavía no era infield. Cuando cumplí 14 años, jugué en la categoría Junior para el “Aragua Stars”, ahí estuve como un año. El equipo no hizo nada. A los 16 años jugaba juvenil.  Mi papá me llevaba a Valencia a ver al Industriales, cuando jugaba contra el Caracas. No nos llevaban a ver a otros equipos. Yo no era de los Leones del Caracas, eran muchos caraquistas en esa camioneta, así que yo era del Industriales. Ahí  estaban, Teolindo Acosta, Gustavo Gil, Teodroro Obregón, Roberto Muñoz, Julian Ladera, Emilio Cueche, Luis Rodríguez… Eso hizo crecer mi cariño por el béisbol, ir a ver a mi equipo favorito. Yo no discutía mucho con mi papá, que fue siempre de los Leones, hasta que firmé como profesional. Mi mamá sí me apoyaba más. Por alguna razón, para mi papá era muy difícil verme jugar béisbol. Cuando yo estaba creciendo, si fue a verme alguna vez, no lo vi, a lo mejor sí, seguramente, pero yo no me di cuenta. Antes uno iba al estadio solo, caminaba 8 cuadras para llegar al polideportivo a jugar pelota. 

Le gustaba jugar. Eso de competir y ganar le animaba a seguir.  

—Mi primer campeonato juvenil lo disputé como pitcher, faltaba un día para una preselección que iba a Maturin, a un campeonato nacional. Aunque ese día lancé 8 innings, y gané 3-2, eligieron a los que iban al Nacional y me dejaron fuera. Me dejaron por las influencias de un joven que era hijo de un amigo del delegado y era familia de un odontólogo famoso de Maracay. Luego de que terminó el campeonato, le dije al manager que no quería seguir lanzando. Le dije que podía jugar en primera o tercera. Nunca hablé del campo corto. Me puso a jugar la antesala, me fue bien, aunque tampoco me llevaron a ese Nacional. Al segundo año, el equipo fue campeón y me volvieron a dejar. Fue el año siguiente cuando me seleccionaron para el Nacional en Caracas. Luis Rodríguez, que era amigo del manager Emilio Bustamante, le preguntó si quería ser el entrenador del equipo. Ya yo conocía a Luis Rodríguez porque éramos del mismo barrio, además él era de Turmero, vivía cerca del estadio y  fue el entrenador de nosotros. Fuimos a Caracas a jugar, ahí a conocí a Aristimuño, Carlos Santeliz, Olivares, que luego pitcheó con el Magallanes. Cuando regresé a Maracay, subí a la categoría doble A. Los scouts ya me habían visto en 1967, cuando de nuevo se hizo en Caracas el Nacional. Ya yo había firmado con los Rojos de Cincinnati, pero nadie lo sabía, me firmaron antes, para protegerme. Todos los scouts me vieron, uno de ellos fue Alfonso Carrasquel, quien vino a Maracay, con el propósito de firmarme para los Mets. Yo jugué mi campeonato y no dije nada. Los Tigres me firmaron. A Carrasquel le tuve que decir que ya había acordado con los Rojos, antes del Nacional. En ese campeonato la saqué en el Chato Candela. Así empezó mi carrera profesional.

En 1968, los Rojos de Cincinnati firmaron a 4 peloteros: Franklin Moreno, Pablo Bello, Virgilio Mata y David Concepción. 

—Abrí mi primera temporada con los Tigres como segunda base. Fue un buen año, aunque perdimos el campeonato con los Leones, que tenían ese trío letal que fueron Victor Davalillo, César Tovar  y José Tartabul. Se embasaban, hacían un bateo y corrido, y se ponían en primera y tercera, luego venía Tartabul que era un tolete. Si se embasaban esos dos en el primer inning, era casi seguro que hacían carreras. De 100 veces que se embasaban, anotaban en 98 oportunidades. Ese nivel de pelota me hizo mejor pelotero. Cuando yo veía a esos Leones, de los que nunca fui fanático, que eran temibles, yo pensaba que tenía que fajarme contra ellos. Le puse tanto en esos 2 primeros años, que tanto Vitico como César llegaron a felicitarme: “¡Buena esa, novato, eres fajador!”.  Eso le sube a uno el ego, es un halago, unos tipos a quienes yo veía jugar cuando tenía 11 o 12 años, que me dijeran eso, era un gran estímulo. Después tuve la dicha de mejorar y fue cuando viajé a los Estados Unidos.  

Llegó a los entrenamientos de primavera con un ligero retraso. 

—Cuando me mandaron mi pasaje, no me explicaron que debía sellar la visa en la embajada de Estados Unidos en Caracas. Eso me lo informaron en el mostrador de Viasa, así que tuve que devolverme a Caracas. Moreno, Bello y Mata, sí pudieron irse. Al día siguiente me fui, pero no había otro pelotero yendo para las menores, llegué solo a Miami. No hablaba nada de inglés y tuve que preguntarle a un Cubano que estaba ahí, del personal del aeropuerto. Me explicó que debía tomar otro vuelo. Era un avión chiquito de dos hélices, de 12 pasajeros. Ese fue mi segundo avión en la vida, el primero fue el que había tomado en Venezuela y ahora ese a Tampa. Llegué  y no sabía dónde estaba. Tuve ganas hasta de llorar. Me metí la mano en el bolsillo, en una chaquetica que llevaba y que para el frío, pero la chaquetica no cubría nada,  hacía un frío duro. Le enseñé al taxista la tarjeta que me habían dado, con el nombre del hotel. Cuando llegué a la puerta y bajé del carro, estaban todos los latinos afuera, conversando. Cuando los vi, vi a Dios. Estaban, Franklin Moreno, Virgilio Mata, ya ellos con sus compañeros de cuarto. Entonces tuve la suerte de que me tocara Teodoro Obregón como compañero, quien ya era un veterano. Yo lo admiraba desde que jugaba con Industriales de Valencia, no sabía que lo habían cambiado para los Rojos de Cincinnati. Él iba para el equipo Triple A. Teodoro me ayudó bastante. Me aconsejó que escribiera cartas a la familia, me explicó cómo enviarlas. Yo no sabía nada de nada. Recuerdo que él escribía todas la noches, después de tantos años, tenía muchos amigos en todas partes. 

Inició el Spring Training y el rápido ascenso por las Ligas Menores. Tenía contacto y era versátil en la defensa. Fildeó sus primeros roletazos en la pradera corta. 

—En mi primer entrenamiento en Tampa, jugué como segunda base, pero días antes de terminar el Spring Training, el manager George Scherger, de los Tampa Tarpons, me dijo que quería que cogiera rollings en el shortstop, nunca lo había hecho, pero empecé a hacerlo. Cuando abrieron la temporada me quedé como campocorto. Así estuve hasta Doble A. En 1969 quedé seleccionado para el Todos Estrellas, pero me dijeron que no podía ir, porque me iban a subir a Triple A. Ocurrió que el campocorto regular, Frank Duffy,  tuvo que ir al servicio militar. El día que llegué, bajándome del avión, le di de 3-3 a Jerry Royce. Cuando regresó Duffy, me querían bajar, pero yo les dije que no quería irme a Doble A. Me preguntaron que si podía jugar otra posición, les dije que me pusieran donde quisieran. Cubrí hasta el jardín central, pero nunca vi el banco. Bateaba .346 de promedio. 

David Concepción retratado por Roberto Mata

Con ese rendimiento, su nombre comenzaba a sonar. Aun cuando en 1969 los Tigres no trascendieron, él continuaba mejorando. El manager Roger Craig, quien también era el pitching coach de los Padres, había sido compañero de Sparky Anderson, quien fue coach de tercera base de San Diego, hasta que lo nombraron piloto de los Rojos de Cincinnati. Anderson le preguntó a Craig por David Concepción. Él, un pitcher zurdo a quien el maracayero recuerda como un tipo buena gente, inmenso, le habló positivamente de sus cualidades. Sparky le pidió que le comunicara que sería invitado al campo de entrenamiento del equipo grande. David no alcanzaba imaginar cómo sería jugar en las Grandes Ligas, pero la ilusión era enorme. 

—Cuando llegué al entrenamiento, me pusieron a jugar de una vez en el short stop. El día que terminó el Spring Training, ya habían bajado a casi todo el mundo. Faltaban solo por bajar a 5 peloteros en ese último corte. A uno no le dicen nada hasta el último día. Al menos en aquella época era así. Muchos empacaban, y cuando terminaba el juego, les decían: “¡Agarra tu maleta, que tu vas a Triple A, no a las Grandes Ligas!” . Yo hice mi maletica, que no tenía muchas cosas ¿qué iba a tener? y la dejé ahí, en la entrada del dogout. Terminó el juego, y todavía mi maleta estaba ahí. Me metí a las duchas, me bañé y cuando me estaba vistiendo, me dijo Tany Pérez: “¡Flaco, hiciste el equipo, vamos al cuarto de Sparky, que te lo quiere decir, y yo te voy a traducir todo lo que hablen!”. Mi inglés todavía era ñameao. Me explicó que iba a subir a las Grandes Ligas. Firmé el contrato, cuando regresé de la oficina, ya mi maleta estaba en el autobús. Nos fuimos a Cincinnati.

Estaba nevando, era la primera vez que veía la nieve. Nunca había jugado con tanto frío, su paso por las Menores fue en Tampa y Carolina del Norte, no había sentido esas temperaturas. Recuerda que el Crosley Field estaba blanquísimo, pensó que no habría juego, pero al día siguiente la capa nevada se había derretido y con la protección del infield todo estaba listo para dar inicio a la temporada de 1970.

—Yo estaba leyendo una revistica, cuando Atanasio me dijo: “¡Flaco, estás en Lineup!”. Yo no imaginaba que iba a debutar ese día, fue otra sorpresa más. El primer juego fue contra los Expos de Montreal. Cometí un error, me metieron un ponche y me fui de 4-0. Así empezó mi carrera en las Grandes Ligas. A Sparky lo criticaron muchísimo, porque llevó 4 shortstops ese año: Frank Duffy, Woody Woodward, Dares Chaney y yo. Le criticaron que me hubiese ascendido, si tenía Chaney y a Duffy. Le reclamaron que en lugar de llevarse 3 catchers, se llevara a 2  y a 4 shortstops. Además casi lastimo a un fanático, tirando una bola por encima de primera base que Tany no pudo atrapar. La metí en la tribuna. 

A pesar de las críticas por el accidentado debut, estuvo arriba toda la temporada. Así inició su carrera de 19 años en las Grandes Ligas. 

—Los Rojos fueron campeones de la Liga Nacional en 1970, pero yo solo jugué  en 3 juegos de esa Serie Mundial que ganaron los Orioles. En 1971 seguía mejorando mi defensa y en 1972, cuando perdimos contra los Atléticos de Oakland, sí estuve en todos los juegos de la Serie Mundial. En la temporada de 1973, me iba muy bien,  había sido llamado al All Star, pero me fracturé la pierna izquierda, el domingo antes del Juego de las Estrellas. Perdí lo que quedaba de temporada. Sin embargo, jugué en Venezuela, poco, porque aún no  estaba del todo recuperado, no me sentía tan seguro. Cuando llegué al Spring training me sentí mejor, tuve una buena actuación en 1974.  

El entusiasmo de la narración de David Concepción iba ascenso, lo mismo que mi emoción al escucharlo. Sabía que estaba por contarme una historia que yo conocía, la historia de la Gran Maquinaria Roja de Cincinnati, aquel engranaje perfecto que protagonizó una Serie Mundial que por siempre será considerada entre las mejores de todos los tiempos. Los niños venezolanos de mi generación, sin importar dónde vivíamos, éramos de Cincinnati, por él, por “El Rey David”.  

—En el mes de agosto me dieron un pelotazo que me fracturó la muñeca derecha. En ese momento teníamos 16 juegos arriba. Sparky no sabía cómo iba a regresar yo, pero me hizo volver antes de tiempo,  me dijo que no me preocupara, que él no necesitaba que yo bateara, sino que jugara a la defensiva. Empecé esa serie con la mano vendada porque aún la fractura me dolía. Jugué una defensiva espectacular. Los dos primeros juegos fueron en Boston, jugamos 3 en Cincinnati y regresamos a Fenway con la serie  3-2. Cayó una nevada que obligó a suspender por 3 días. Tuvimos que entrenar en un gimnasio cerrado, corrimos, calentamos los brazos e hicimos swings en una jaula de bateo. El juego número 6 fue muy tenso, hacía mucho frío. Ese fue el juego del famoso jonrón de Carlton Fisk. Desde que le dio a la pelota, se sabía que se iría.  Él se quedó parado, indicando a la pelota que se fuera del parque, en zona fair,  y nos dejó en el terreno. Cuando entramos al clubhouse, los 8 regulares decidimos olvidar eso y fuimos a ese último juego, a ese séptimo juego que ganamos 4-3, para ser los campeones, en la casa de ellos.

Es inagotable la discusión sobre cuál ha sido la alineación de los mejores “8” de la historia. Unos dicen que son los Yankees de 1927, otros defienden a los Rojos de Sparky Anderson. 

—Ver a Pete Rose batear y tirarse de cabeza en primera, era un espectáculo único, Johnny Bench con sus manos y su fuerza, Joe Morgan, con su forma de correr, Gerónimo y su fildeo y su brazo de cañón, Ken Griffey con su velocidad en las bases, George Foster con sus largos jonrones. Éramos lo que hacíamos juntos. Cuando jugábamos los 8 regulares, teníamos un récord de 700. Nosotros llenábamos el estadio de Cincinnati, que ya era el River Front Stadium. Antes de batear la práctica, ya había 30 mil personas, porque abrían las puertas temprano para que nos fueran a ver. 

Recordó entre risas, que la noche anterior a esta entrevista, había salido a cenar con Tany Pérez y Juan Marichal. Recordaron que una vez, en un juego en Cincinnati, David entró al terreno como siempre, después de escuchar su nombre, pisando la primera base, pero ese día pisó mal y casi llegó a la intermedia luego de intentar inútilmente no caerse, provocando las carcajadas de todos, incluidos los miles de fanáticos. 

—Hacían maldades, uno daba un buen batazo y se hacían los locos, y luego todos me iban a felicitar. Tuvimos en el terreno muchos buenos momentos. 

La Maquinaria Roja de Cincinnati fue un equipo que se hizo legendario por lo que fueron capaces de hacer ante rivales que también contaban con figuras estelares. 

—Jugar bien hace la química. Tú no puedes hacer una química, si hay uno que es flojo, que batea o fildea cuando le da la gana.  Ahí todos hacíamos lo que teníamos que hacer siempre. Por ejemplo, George Foster decía: “Si consigo gente en base, saco la bola”, Joe Morgan lo mismo, y hacía una buena combinación conmigo. Pete Rose siempre decía que se iba a embasar, y lo hacía, Ken Griffey volvía locos a los contrarios con la velocidad… A Johnny Bench no le podían salir al robo, porque eran out por regla, ese sí tenía un brazo. Era fuerte con una manos gigantescas. Éramos clase aparte, él y yo. Me entendía y yo lo entendía, sabía qué era lo que le gustaba, cómo debía tirarle la bola en un relevo, dónde se la tenía que poner. Cuando le pones la pelota en las manos, a cualquiera le gusta eso. Eso hacía la amistad y la química. Él me decía antes del inning, róbale un poquito a Steve Garvey, para la izquierda o la derecha, ya yo conocía al bateador; o me decía que íbamos a trabajar diferente, con un lanzamiento afuera y ya yo sabía donde me debía ubicar, y hacíamos los outs, ganábamos los juegos, nos divertíamos. 

Le recordé que esa camaradería que él evocaba, era la que había sentido yo cuando fui a cubrir la ceremonia del retiro de su número “13” en el Great American Ball Park. Estaban casi todos y las anécdotas fueron muy graciosas. Hasta el propio Sparky se mostró sorprendido porque ellos compartían cosas que él desconocía. 

Alguna vez, en esas conversaciones que solía tener con Gonzalo López-Silvero, sobre aquellos años del béisbol, el legendario comentarista me comentó algo que David confirmó. 

—Sparky no se metía con uno. Él nos decía: Yo el juego lo domino desde el sexto inning. El juego es mío del sexto inning para adelante, el juego es de ustedes desde el primer inning hasta el sexto. Había que hacerle caso. Entre el primero y el sexto, podíamos hacer lo que quisiéramos, cualquier cosa, yo no cogía seña, pero él me estaba viendo. Llegaba a primera y yo ya sabía qué hacer, dependiendo de la situación. Él me hacía una seña y me decía: “Si tu quieres”.

Eso era justamente lo que me había contado Gonzalo, que se hizo muy amigo de Sparky Anderson. 

Sparky tenía el rito de hacer que cada jugador pasara por su oficina a saludarlo, siempre. Me preguntaba por Dilia, mi esposa, por los muchachos y eso era todo. Después, a jugar béisbol. 

David llegó a ser capitán de los Rojos, sumó 19 temporadas, hasta que llegó el día que fue dejado libre. 

—Sé que el venezolano tiene el resentimiento porque Pete Rose era el manager y lo culpan por no haberme dejado hacer la temporada número 20. Ya en 1986, cuando llegó Barry Larkin, yo sabía que jugaría menos. En 1988 me dieron el release, me pasaron una carta que no sé donde está. En la carta me agradecían mis años de servicio, pero me comunicaban que ya no seguiría con los Rojos. Por un momento me disgusté, pero eso es el trabajo de ellos. Con los Angelinos de California intenté volver en los entrenamientos, pero como vi que no iba jugar, antes de que me botaran, me fui a Venezuela. Así terminó mi historia en las Grandes Ligas. 

Una gran historia que incluyó 5 Guantes de Oro, un par de Bates de Plata, anillos de Serie Mundial, 9 invitaciones al Juego de las Estrellas y el Premio Más Valioso del Clásico de 1981. 

—Ese jonrón contra Dennis Eckersley fue un error de él, que me conocía, pero se equivocó. Fue un slider que no le rompió y se le quedó arriba. Un día le voy a poner el video y le voy a preguntar qué fue lo me tiró o lo que quiso tirarme.

David Concepción estuvo 15 años en las boletas de los elegibles al Salón de la Fama de Cooperstown, pero nunca alcanzó la votación del 75 por ciento requerido para ser un inmortal. Tampoco ha podido entrar por el Comité de Veteranos. 

No evade el tema, pero es obvio que ya pasó esa página.

—Estuve 15 años en esa boleta. No todos han logrado eso. No entendí por qué dejaron a Andrés Galarraga y a Johan Santana afuera en la primera oportunidad, pero sé que los escritores votan por los que quieren, eso es así y los respeto. 

Forma parte del Salón de la Fama de los Rojos, del Salón de la Fama del Caribe y del Salón de la Fama del Béisbol Venezolano. 

Marichal le dijo hace unos días que si lo hubiese tenido en su equipo, habría ganado mucho más. Sus compañeros que están en Cooperstown le hacen saber siempre que él jugó béisbol de ese nivel, y eso lo recompensa. 

A los jóvenes de estos tiempos les reconoce el talento y pondera los avances con los que cuentan ahora. 

—Estos muchachos están mejor preparados físicamente que nosotros. Se les nota mucho más la versatilidad. Ronald Acuña venía de una academia donde podía meterse a dar 80 batazos en una jaula, a los 15 años, en mis tiempos, dabas 8 batazos y te sacaban para darle el turno a otro. Por esas cosas es que les va mucho mejor en las Grandes Ligas, desde que llegan. Yo les aconsejo que no hagan cosas extrañas fuera del juego o en el mismo terreno, que sepan invertir su dinero. El dinero se acaba. El dinero y la fama traen buenos amigos y también enemigos. Hay que tener la mente bien puesta en lo que están haciendo. 

Disfruta los días que pasa en Florida, pero sigue pendiente de las fincas que compró con el producto de su trabajo en las Mayores. 

Se mantiene en forma jugando golf. Hace unos días, se le acercó un hombre para hacerse una fotografía con él. 

¡David Concepción, soy fanático de los Medias Rojas, usted es inolvidable! 

Eso, inolvidable. Por siempre será  “El Rey David”, mi barajita.

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