**Frank Robinson en los entrenamientos de primavera de 1962** se sintió como el momento en que el invierno finalmente aflojó su dominio sobre el béisbol.
En algún lugar, quizás ahora mismo desde tu ventana, hay nieve apilada contra bordillos y tejados, sucia y persistente, negándose a derretirse. El aire corta. El mundo parece estancado. Pero lejos de esa quietud gélida, allá en Florida y Arizona, algo ya se agita. Casi puedes olerlo antes de verlo: la hierba húmeda, el cuero, la suave dulzura de la tierra recién cortada. El béisbol está despertando.
Y allí estaba Frank Robinson, entrando en esa calidez en 1962 con el peso de toda una carrera zumbando en su interior.
No era un jugador más presentándose al campamento. Era un hombre con preguntas. Sobre intercambios. Sobre lealtad. Sobre si el béisbol realmente lo vería como merecía ser visto. Se supone que los entrenamientos de primavera deben ser ligeros —hombros quemados por el sol, risas fáciles, lanzadores sacudiéndose el óxido—, pero para Robinson, se sentían más pesados. Cada golpe del bate sonaba como si intentara decir algo. Cada crujido del cuero era un recordatorio de que nada en este juego es permanente, por muy brillante que seas.
Imagínatelo entrando al campo mientras el sol de la mañana se asoma por encima de las palmeras. El césped aún resbaladizo por el rocío. El cielo tan azul que casi parece pintado. En algún lugar, una radio murmura, tal vez una vieja canción de amor, tal vez un partido de béisbol de ayer. Los compañeros se estiran y bromean, pero la mirada de Robinson ya está fija en ti. Sabe lo que viene. Sabe lo rápido que este deporte te deja atrás.
Sin embargo, también había algo hermoso en ese momento, algo silenciosamente esperanzador. Porque la primavera siempre trae otra oportunidad, ¿no? No importa cómo te haya tratado el invierno, no importa cómo haya terminado la temporada pasada, hay una pizarra en blanco esperando entre esas líneas blancas de tiza.
Esa es la magia de esta época del año. Puedes estar sentado en el frío, viendo tu aliento empañar el aire, y aún sentirlo tirando de ti. En pocas semanas, el béisbol volverá a la vida. Sol de Florida. Cielos de Arizona. El sonido de un bate al chocar con la pelota con ese perfecto *thwack* hueco. Y en medio de todo eso, un jugador como Frank Robinson, hambriento, orgulloso e incansable, persiguiendo algo más grande que una simple temporada más.
Quizás por eso los entrenamientos de primavera siempre son un poco más profundos. No se trata solo de calentar brazos y piernas, sino de despertar sueños que se acallaron durante todo el invierno.
Y en 1962, Frank Robinson estaba allí, de pie bajo el sol, listo para recordarle al mundo quién era. ⚾🧢🏟️
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