lunes, 12 de enero de 2026

El hombre de hierro.....

Cal Ripken Jr. entró al béisbol profesional sin ceremonias ni atajos, solo un adolescente alto y corpulento, con un apellido familiar y una tranquila certeza de hacia dónde quería dirigir su vida. Cuando los Orioles de Baltimore lo llamaron en la segunda ronda del draft de 1978, en el puesto 48, no fue por algún problema burocrático ni por una selección perdida que se les acercara. Fue deliberado. Planeado. Los Orioles lo querían, simple y llanamente. Otros podrían debatir los tecnicismos del draft más tarde. Baltimore ya había tomado una decisión.

En ese momento, Ripken se encontraba en una encrucijada que la mayoría de las estrellas de la preparatoria solo imaginan. Los reclutadores universitarios rondaban. Se discutía el futuro en las salas de estar y en las mesas de la cocina. Cal y su padre no idealizaron la decisión. La abordaron como lo hace la gente del béisbol: con honestidad, pragmatismo, sin miedo. Si tenía la capacidad, ¿por qué esperar? ¿Por qué posponer lo inevitable? Y si todo se desmoronaba, la universidad seguiría ahí años después. El béisbol no era una apuesta para ellos. Fue una vocación que valió la pena responder pronto.

En la preparatoria, Ripken hizo un poco de todo. Lanzó. Jugó de campocorto. La mayoría de las organizaciones veían primero un brazo. Baltimore vio algo más amplio. Algo más sólido. Fue el único club dispuesto a mirar más allá del montículo e imaginarlo como un jugador de posición, una decisión que silenciosamente marcaría la historia del béisbol. Los Orioles lo enviaron a las menores como campocorto, creyendo que sería más fácil volver a lanzar que enseñarle a un joven a batear de nuevo. Fue un voto de confianza, aunque en ese momento no lo pareciera.

Su trayectoria profesional comenzó en la Liga Apalache, donde los viajes en autobús eran largos, las multitudes eran pequeñas y el sueño de repente se sintió muy real, y muy frágil. Ripken se mantuvo firme, bateando para un promedio respetable, pero no hubo fuegos artificiales. Ni jonrones. Ni honores de novato. Solo un joven jugador que aprendía lo implacable que podía ser el béisbol profesional. Las estadísticas no lo favorecían, y nadie se apresuraba a premiarlo.

El año siguiente trajo un cambio de aires y perspectiva. En el húmedo y pesado ambiente de Florida, el bate de Ripken empezó a hablar con más fuerza. Cuando su mánager notó cierta incomodidad en el campocorto, hizo un movimiento que en aquel momento pareció menor, pero que resultó crucial: la tercera base. La transición funcionó. Ripken se acomodó, se relajó y comenzó a batear con autoridad. Su primer jonrón profesional llegó al final de un partido que se negaba a terminar, el tipo de momento que los jugadores nunca olvidan. Entradas extra. Piernas cansadas. Un swing. Bola perdida. Juego terminado. De repente, los números contaban una historia diferente.

Al final de la temporada, Ripken estaba en todas partes: conectando dobles, mostrando una potencia inesperada, jugando cada partido como si su trabajo dependiera de ello. Porque así era. La liga se dio cuenta. Baltimore también. Siguió una breve parada en Doble A, donde el pitcheo era más preciso y el margen de error más estrecho. El promedio bajó. Los jonrones, no. Fue un recordatorio de que el progreso en el béisbol rara vez avanza en línea recta.

Entonces llegó Charlotte, y con ella, la sensación de que algo se aceleraba. Su mánager predijo poder, y Ripken cumplió: pelotas volando más lejos de lo esperado, récords cayendo silenciosamente como si lo hubieran estado esperando. No solo bateaba jonrones; castigaba los errores. Impulsaba carreras. Conseguía slugging. Era el ancla de un equipo campeón. Para entonces, los rumores se habían convertido en declaraciones. No se trataba solo de un infielder corpulento con un nombre famoso. Era un prospecto legítimo que forzaba las decisiones en la cima.

A principios de la década de 1980, Ripken había ascendido a la plantilla de 40 hombres de Baltimore y a los campamentos de primavera que se sentían más cercanos a las Grandes Ligas, pero no lo suficiente. Fue enviado a Triple A, donde el béisbol pone a prueba la paciencia más que el talento. Allí, se encontró en un juego que se negaba a terminar, extendiéndose hasta la noche y desangrándose durante días. Treinta y tres entradas. Todos los músculos le dolían. Todas las pruebas de concentración imaginables. Ripken se mantuvo en el campo todo el tiempo, abriéndose camino a través de la historia junto a otra futura leyenda en el plato. Si se pudiera evaluar la resistencia, ese partido por sí solo podría haber sellado su destino.  ⚾🧢🏟️Ñ

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