martes, 10 de febrero de 2026

Un bárbaro con el madero, el mejor

EL FRANCOTIRADOR QUE DISECÓ EL SWING… Y LUEGO DISPARÓ CONTRA AVIONES DE COMBATE😳

No fue solo un bateador.
Fue un científico con un bate de 34 onzas.

Fue Ted Williams.

Nació en 1918 en San Diego, California.
Su infancia fue solitaria.
Su madre era misionera del Ejército de Salvación, ausente.
Su padre, un fotógrafo fantasma.
Ted encontró su religión en un lote vacío, golpeando una pelota contra una pared.
Contando los golpes.
Soñando con ser el mejor bateador que jamás pisara la tierra.

En 1939, debutó con los Medias Rojas de Boston.
Alto, flaco, con un swing que era un arco perfecto.
Desde el primer día, declaró su guerra:
"Quiero que la gente diga, cuando pase: 'Ahí va el mejor bateador que jamás haya existido'."

El último día de la temporada.
Promedio: .39955.
Técnicamente, ya estaba en .400.
Su manager le ofreció sentarse, proteger el número.
Ted lo miró fijo.
"No juego este juego para sentarme."
Jugó el dobleheader.
Conectó 6 de 8.
Terminó en .406.
El último .400 de las Grandes Ligas.
Un número que, en la era moderna, es un mito.

Pero Ted no era solo talento.
Era un laboratorio.

Estudiaba a los pitchers como un detective estudia a un sospecho.
Memorizaba cada lanzamiento, cada tic, cada sombra en su brazo.
Escribiría más tarde "La Ciencia del Bateo", la biblia.
Dividió el plato en 77 zonas.
Sabía exactamente dónde y cómo podía golpear cada pelota en cada zona.
"Batear", dijo, "es el acto individual más difícil en los deportes."

Entonces, el mundo estalló.

Estados Unidos entra en la Segunda Guerra Mundial.
Ted es declarado apto.
Podría haber buscado una exención.
Era una superestrella.
En cambio, se enlistó en la Marina.
Se convirtió en piloto de combate.
No jugó béisbol de 1943 a 1945.
Perdió lo que hubieran sido sus mejores años atléticos.
"Hay miles de peloteros", dijo. "Pero solo un puño de pilotos de combate."

Regresó en 1946 y ganó el MVP.
Era el jugador más temido del planeta.
Ganó la Triple Corona en 1947: .343, 32 HR, 114 RBI.
Pero la guerra le había robado fluidez.
"Sentí que me quité el óxido con un bate en las manos," confesó.

Luego, en 1952, lo llamaron de nuevo.
Corea.
Tiene 34 años.
Es rico. Es una leyenda.
Podría rechazarlo.
En cambio, vuelve a subir a un avión de combate.
Esta vez, su F9F Panther es alcanzado por fuego enemigo.
Logra aterrizar el avión en llamas, milagrosamente con vida.
Regresa al béisbol, pero las lesiones de la guerra lo persiguen.

Su relación con los fanáticos y la prensa fue tormentosa.
Los abucheaba de vuelta.
Escupía hacia las gradas.
Detestaba a los periodistas, los llamaba "líderes de la banda de los ladrones".
Amaba a los niños, sin embargo. Pasaba horas firmando autógrafos para ellos.
Una contradicción viviente: un misántropo con corazón de oro.

El último acto.
1960.
Último turno al bate en el Fenway Park.
Jonrón.
Se niega a salir del dugout para saludar.
"No quería que me vieran llorar," diría después.
Una despedida perfecta: orgullosa, solitaria, majestuosa.

Sus números finales desafían la lógica:
Promedio de por vida: .344.
521 jonrones.
6 títulos de bateo.
2 Triple Coronas.
2 MVPs.
Y todo ello, perdiendo casi 5 temporadas completas en guerras.
Los estadísticos calculan: sin las guerras, habría tenido más de 3,000 hits y unos 650 jonrones.

Ted Williams no quería ser recordado solo por eso.
Quería ser el "mejor bateador que jamás haya existido".
Y para millones, lo logró.

Murió en 2002.
Por su voluntad, su cuerpo fue criogenizado.
Hasta el final, creyó en la ciencia, en la posibilidad de un mañana.

Porque Ted Williams no fue solo un deportista.
Fue un soldado que eligió el deber sobre la gloria.
Un científico que destripó los secretos del swing.
Y un hombre solitario que, en el fondo, solo quería que lo recordaran por una cosa:

Por haber hecho bien, muy bien, la cosa más difícil del mundo.

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