Miguel Ángel Cuellar Santana, nacido en Santa Clara, Cuba, en 1937, fue uno de los lanzadores zurdos más dominantes y técnicamente sofisticados de su era. Criado en el entorno de los ingenios azucareros, encontró en el béisbol del ejército cubano la plataforma para ser descubierto por cazatalentos profesionales. Aunque su camino inicial por las Grandes Ligas con Cincinnati y San Luis fue discreto, su carrera se transformó por completo cuando perfeccionó el screwball o bola de tornillo, un lanzamiento que se convirtió en su sello distintivo al romper en dirección opuesta a la de un zurdo tradicional, desorientando por completo a los bateadores de ambos lados del plato.
Su llegada a los Orioles de Baltimore en 1969 marcó el inicio de una de las épocas más gloriosas para cualquier franquicia de la Liga Americana. En su primer año con el equipo, Cuellar hizo historia al ganar el premio Cy Young, convirtiéndose en el primer jugador nacido en Latinoamérica en recibir este galardón. Durante ese periodo, fue la pieza angular de una rotación legendaria que llevó a Baltimore a tres Series Mundiales consecutivas, logrando el campeonato en 1970, donde Cuellar fue el héroe del quinto y decisivo juego tras lanzar las nueve entradas completas para sellar la victoria.
Uno de sus hitos más memorables ocurrió en 1971, cuando formó parte del exclusivo grupo de cuatro abridores de los Orioles que lograron ganar al menos 20 juegos en una misma temporada, una hazaña que no se ha vuelto a repetir en las Mayores. Junto a Jim Palmer, Dave McNally y Pat Dobson, Cuellar demostró una consistencia asombrosa basada en el control y la astucia más que en la fuerza bruta. Su dominio fue tal que, entre 1969 y 1974, registró el mejor porcentaje de victorias en todas las Grandes Ligas, consolidando su estatus como un "as" indiscutible del montículo.
Fuera de sus estadísticas, Cuellar era conocido por su personalidad mística y sus profundas supersticiones, lo que le valió el apodo de "Caballo Loco" entre sus compañeros. Tenía rituales inquebrantables, como negarse a usar una gorra que hubiera tocado el suelo o seguir pasos específicos al entrar y salir del diamante. Estas excentricidades, lejos de ser una distracción, formaban parte de la disciplina mental de un jugador que terminó su carrera con 185 victorias y 30 blanqueadas, dejando un legado de elegancia y maestría técnica que le valió la entrada al Salón de la Fama de los Orioles en 1982. #fblifestyle
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