EL HOMBRE QUE ATRAVESÓ LA BARRERA DEL SONIDO… Y LUEGO LA DEL MISTERIO👀
¿Y si te dijera que el "Babe Ruth negro", un hombre cuyo poder era tan legendario que las estadísticas no podían contenerlo, murió joven y en la oscuridad, dejando solo mitos y un eco de batazos que aún resuena en los estadios vacíos?
Un hombre que supuestamente conectó jonrones de más de 500 pies en estadios de madera y alumbrado de kerosene. De quien se dice que bateó más de 800 jonrones en ligas que nadie contabilizó. Un talento puro, condenado por el color de su piel a ser una leyenda oral, nunca un rostro en un paquete de láminas.
Su nombre era Josh Gibson.
Y fue, para muchos, el mejor bateador que jamás pisó un diamante.
Nació en 1911 en Buena Vista, Georgia. Su familia se mudó a Pittsburgh durante la Gran Migración.
A los 16 años, ya trabajaba en una fábrica de acero. Jugaba béisbol los domingos.
Un día, el receptor de los Crawfords de Pittsburgh, el equipo local de las Negro Leagues, se lesionó.
Josh, que solo había visto el juego desde las gradas, se ofreció.
Se puso la máscara. Y ese día, también conectó un jonrón monumental.
Nunca más dejó el equipo.
Era un hombre enorme para su época: 6'1", 215 libras de músculo puro.
Su swing no era elegante; era un huracán. Una explosión de torso y brazos que enviaba la pelota a órbitas que los hombres blancos solo conocían en teoría.
Jugaba para los Crawfords de Pittsburgh y los Gigantes de Homestead. Los dos mejores equipos del béisbol negro.
Su rival, Satchel Paige, lo llamaba "el tipo que me daba pesadillas".
Las historias crecieron como maleza:
Que en el Polo Grounds de Nueva York, conectó una pelota que salió por el centro, un lugar del que nadie había visto salir un jonrón.
Que en Monessen, Pennsylvania, la pelota que bateó no fue encontrada hasta el día siguiente, en un arroyo a tres cuadras del estadio.
Que en un juego de exhibición contra los Medias Blancas de Chicago, conectó uno tan alto y lejos que el jardinero simplemente se quitó el guante y se sentó en el césped a verlo desaparecer.
"Solo bateaba pelotas que no regresaban", decía la gente.
Pero detrás de la leyenda había un hombre atormentado.
Le ofrecieron fortunas para "pasar por blanco" en ligas menores de Latinoamérica. Se negó.
Soñaba con las Grandes Ligas, con enfrentar a los mejores en un estadio lleno.
Ese sueño nunca se cumpliró. La Barrera de Color era un muro de ladrillo.
"¿Qué se siente ser el mejor bateador del mundo?", le preguntó un periodista.
"No lo sé", respondió Josh. "Nunca me han dejado probarlo."
La frustración se convirtió en dolor. El dolor, en depresión.
Comenzó a beber. Fuerte.
Su salud se deterioró. Sufría de dolores de cabeza brutales, quizás por un tumor cerebral no diagnosticado.
Aún así, seguía jugando. Seguía conectando.
En 1943, su esposa murió dando a luz. Se sumió en una pena profunda.
Sus compañeros decían que a veces lloraba en el dugout entre innings.
Murió el 20 de enero de 1947, a los 35 años.
De un derrame cerebral, dijeron algunos. De un corazón roto, dijeron otros.
Tres meses más tarde, Jackie Robinson rompió la barrera con los Dodgers.
Josh Gibson no vivió para verlo.
Su récord oficial en las Negro Leagues es imposible de verificar con exactitud, pero las estimaciones hablan de casi .350 de promedio, y entre 800 y 950 jonrones en toda su carrera, incluyendo giras y juegos de exhibición.
En 1972, fue incluido póstumamente en el Salón de la Fama de Cooperstown.
El primer jugador de las Negro Leagues en entrar por sus méritos como bateador.
Pero Josh Gibson no necesita estadísticas.
Necesita ecos.
El eco del estallido de su bate contra una pelota que nadie podía atrapar.
El eco de una carrera que solo existió en los relatos de los ancianos que lo vieron jugar.
El eco de una pregunta que nunca tendrá respuesta: ¿Qué habría hecho Josh Gibson en las Grandes Ligas?
No fue solo un gran jugador de las Negro Leagues.
Fue un fantasma de lo que pudo ser.
Un recordatorio de que el talento más grande de una generación puede quedar atrapado en la sombra de la injusticia.
Un hombre que bateó jonrones tan grandes, que se perdieron para siempre en el cielo nocturno de la historia.
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