lunes, 26 de enero de 2026

Empezó cargando maletas.....

EL HOMBRE QUE BURLÓ AL TIEMPO… Y LANZÓ LEYENDAS DESPUÉS DE LOS 40🤯

¿Y si te dijera que el pitcher más viejo en debutar en las Grandes Ligas no solo llegó, sino que dominó, que se convirtió en una estrella cuando la mayoría de los hombres piensan en el retiro, y que su edad era un misterio tan grande como su lanzamiento?

Un hombre que jugó en estadios de algodón y bajo lámparas de gasolina, que enfrentó a los mejores de las Negro Leagues y luego humilló a los mejores de las Mayores. Un poeta del montículo cuyo arma más letal era una sonrisa pícara y un brazo que parecía no conocer el paso de los años.

Su nombre era Satchel Paige.
Y él no jugaba contra bateadores. Jugaba contra el tiempo mismo.

Nació, probablemente, alrededor de 1906 en Mobile, Alabama. La fecha exacta se perdió en la bruma de la historia. "¿Qué importancia tiene la edad?", decía. "¿Acaso preguntas cuántos años tiene el vino?"

A los 10 años, ya trabajaba cargando maletas en una estación de tren. Le pusieron el apodo "Satchel" (valija) por cómo robaba y cargaba varias a la vez. Un día, en un reformatorio por hurto, un entrenador le puso una pelota en la mano. Descubrió que podía lanzar con una precisión hipnótica.

Así comenzó su gira por las Negro Leagues, un viaje interminable de autobús, de pueblo en pueblo, de diamante de tierra en diamante de tierra.
Lanzaba casi todos los días. A veces, dos juegos en uno.
Cobraba por out. "Más outs, más dinero", era su lema.

Inventó sus propios lanzamientos con nombres de cuento:

"Hesitation Pitch": Una pausa celestial que congelaba a los bateadores.

"Bat Dodger": Una recta que "esquivaba los bates".

"Midnight Creeper": Un lanzamiento que "se colaba por las esquinas de madrugada".

"Trouble Ball": Para cuando había problemas en bases.

Pero su verdadero arte era el control. Ponía un vaso de whisky en home y le lanzaba por encima. Ponía una moneda y la golpeaba. "No pienses, solo tira a donde sabes que va a estar", le decía a su receptor.

Su fama era tal que los equipos de las Grandes Ligas organizaban "juegos de exhibición" contra su equipo solo para verlo. Se dice que una vez, antes de un inning, mandó a sus jardineros a sentarse en el dugout. "No los necesito por estos tres", dijo. Y ponchó a los tres siguientes bateadores.

La Barrera de Color lo mantuvo fuera hasta 1948, cuando tenía, oficialmente, 42 años. Bill Veeck, el showman de los Cleveland Indians, lo firmó. Debutó el 9 de julio. Dos hits en dos entradas. El pitcher más viejo en debutar en la historia de la MLB.

¿Y qué hizo el viejo Satchel?
Ayudó a llevar a Cleveland a la Serie Mundial ese mismo año.
A los 42 (o quizás 48), era una sensación nacional.

En 1952, con los St. Louis Browns, a los 46 (o 52), fue seleccionado para el Juego de Estrellas.
El mero hecho de verlo lanzar era un espectáculo. Su mecánica era un fluir perezoso que terminaba en un relámpago. Su entrega era un sermón de sabiduría callejera: "No mires hacia atrás. Algo podría estarte ganando."

Se retiró... y luego volvió. Una y otra vez.
En 1965, a los 59 años (oficiales), Bill Veeck, ahora dueño de los Kansas City Athletics, lo puso en el montículo por tres entradas contra los Red Sox.
Permitió una sola carrera limpia.
El hombre más viejo en lanzar en las Grandes Ligas.
Un récord que, seguramente, vivirá para siempre.

"¿Cómo mantienes tu fuerza, Satchel?", le preguntaban.
"Evitando las carreras, los licores fuertes y la comida frita", respondía con solemnidad, antes de soltar una risa que delataba la mentira.

Sus reglas para una larga vida eran famosas:

"Evita las comidas fritas, que enfadan el estómago."

"Si tu estómago te disputa algo, descansa hasta que se pongan de acuerdo."

"Mantén los lamentos al mínimo. Mantén en cambio el entusiasmo."

Satchel Paige no lanzaba para entrar en los libros de récords.
Lanzaba porque era lo único que sabía hacer, y lo hacía mejor que nadie.
Su carrera fue un puente viviente entre dos eras del béisbol, entre la segregación y la integración, entre la leyenda oral y la historia escrita.

Murió en 1982. Fue incluido póstumamente en el Salón de la Fama de las Grandes Ligas, un reconocimiento tardío a una grandeza que nunca debió ser ignorada.

Porque Satchel Paige fue más que un pitcher.
Fue un cuentista del diamante, un filósofo del montículo, un hombre que convirtió el esperar en un arte y el lanzar en poesía.
Él no midió su vida en años, sino en outs.
Y demostró que el tiempo, como los bateadores, a veces también se queda mirando la tercera strike.

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